A Mi Viejo San Juan

por: Javier Roman

A mi Viejo San Juan (Elegía desde afuera ‘06)

Con las páginas en gris volteé a enfrentarme poco tiempo al acercamiento usual de comenzar estas líneas sobre el Viejo San Juan como alguna especie de recuento histórico sobre su urbanidad, pero ¿quién quiere volver a escuchar las historias de Cumberland y Drake, de la Rogativa o de la Calle del Cristo? ¿Quién quiere recordar el bombardeo de aquella madrugada del 12 de mayo del 1898? ¿Quién quiere saber de más guerra e invasión? Y ni hablar del par Muñoz/Albizu, ya todo el mundo sabe cómo murió uno y cómo murió el otro. También basta con las camisas serigrafiadas alusivas a estos y otros temas: siempre habrá consuelo al nacionalismo en la mesa de algún mercader. Además arte y política no mezclan bien en el trópico, siempre dado más al entretenimiento colorido, a la última decoración en boga o al último graffiti de la esquina. Tampoco quise escribir, aunque parezca pertinente al arte, sobre el San Juan oscuro y tugurioso, ni de La Perla, ni del punto, ni de las barras, ni de los recuerdos tórridos, ni de los olores sólo para iniciados que a menudo se ventilan por sus calles. Preferí en esta ocasión la seguridad cromática Sanjuanera tal cual una aventura en una pieza de Cajigas. Desde allí comparto algunas observaciones a la usanza de un flâneur, hechas por este servidor en su transcurso de vida reciente por entre esas calles pronto re-adoquinadas.

Le escribo a mi Viejo San Juan desde el Nueva York de la extraña nación, así quiso el destino del partidismo colonial y frente al mar dejo un recuerdo (de la mirada sobre el horizonte de ilusiones que mantienen vivas las fantasías y en la boca la comida en los sembradíos de casas y hamburgers). Tenga claro usted que contrario a cuando se habla de las ciudades viendo un plano, yo les hablaré en primera persona del Viejo San Juan, dada la suma de recuerdos empíricos vividos según el estilo que me permitió durante varios años mi salario de profesional – diseñador – recién – graduado – soltero – viviendo – como – bohemio – de – clichosa – vida – loca – en – San – Juan. Me autoriza el haber visto bastante de esas callejuelas como residente y visitante para entender la preferencia de los que allí viven por los hedores del cannabis y por la humedad que suda ese promontorio por entre los adoquines que tanto hacen relucir a esos jóvenes yuppies que aparcan triunfales sus carros al olvido en alguna calle (luego se pasean como la más reciente y pintoresca utilería escenográfica)—partícipes de brisas con olor a pachulí tibetano, de la rampante especulación en bienes raíces, del desplazamiento de los residentes menos pudientes y de todas las calles oscuras y silenciosas de la noche que cunde en lo que en algún tiempo fue un centro de cultura viviente. A veces ya con suficiente poder para la titularidad, cuelgan de las paredes remodeladas entre el aire acondicionado pinturas de artistas del patio que peregrinan a sus ventas pasadas una vez al año entre las fiestas navideñas. El olor a aire y madera pintada. Tertulias pseudos-socialistas con vino de Costco y entremeses acordes. Vil y poética generalización seguramente, toda esta ficción antes descrita, pero ¿no se trata esta ciudad de eso, de pura fachada? ¿De balcones remodelados y vacíos tras el aire acondicionado? ¿De colorines? ¿De total y completa escenografía para hacer pasear por allí personas que nunca han visto ni verán calles similares y que nunca verán interior alguno de aquellos pintorescos edificios? Graffitis de universitarios con sueños de maleantes, tapas robadas de los contadores. ¿Y aquella tienda, tan especializada en lavado de dinero, será de alguien “hoyo” abajo, o será del doctor que compró más arriba? ¿Y ésos que beben desde la mañana? ¿Qué importa?, pregunta el que viene de visita. ¿Y aquél tipo pintoresco, será un artista, o será de esos que solo ofrecen su apariencia? ¿Qué me dicen de aquellos dos estudiantes por la Norzagaray como si el mundo entero no supiera? ¿De las palomas que todos aman menos los residentes? ¿Y la frecuencia de las caras repetidas que sirven de referencia para saber quién es residente y quién es visitante? Aquél otro pasó algún mal tiempo, podría también uno caer en eso. ¿Y los días de crucero en los que las calles ya no aguantan tanto tráfico cruzado? Después están los olores, las brisas, el acostumbrarse del ojo a las distancias focales entre las calles, el acostumbrarse del cuerpo a las esquinas y todos los torcidos mundos Sanjuaneros detrás de las caras-fachadas cuadradas de colores inventados de sus edificios.

¡Mi Viejo San Juan! Colorido desmadre de imágenes postaleras, parece cada vez más una urbanización cerrada de calles vacías y apartamentos fríos como de revistas, maderas exóticas y enseres stainless. Por entre las persianas de madera recién pintadas colaban las letras de las Mercedes Sosas de la vida: sirven los babyboomers letrados la derrota de los 60s en bandeja de plata a herederos que aún se arrastran por las cunetas de la ignorancia empolvándose con cantautores y noches de poesía anacrónica salpicada de teatro necrófilo entre golosinas de granola camino a barritas ríopedrenses. ¿Cómo llegó todo aquello a ser un símbolo de semejante quedaera? Yo escribo desde más allá de las naciones estos recuerdos: el aburguesamiento paulatino de ese espacio otrora de historia viva lo ha repartido en inversiones, ventas y alquileres. Quedó asegurado el silencio del arte con el silencio de las calles bajo el orden público de quienes duermen. El romanticismo siempre ha sido un lujo y en esa ciudad todo ha sido romantizado: faroles y decadencia, balcones y artistas. El Viejo San Juan, muestrario concentrado del País; de cómo florecen unos sobre otros los años de ficciones acumuladas en un solo sitio. Un jardín florido sobre el que ha crecido como primor una mala hierba de plástico con flores pintadas en china, traídas del Norte (como los souvenirs que se venden en tantas tiendas iguales en objetos, distintas sólo en el azul de sus delfines o en las nalgas voluptuosas de las toallas de la Quimbamba). ¡Por la encendida calle Antillana! (Se ventila el algodón blanco de las minifaldas: “Yes, this is the Nuyorrican”). Sus sombras mataban y siguen matando las flores reales que entre la muchedumbre se abren paso buscando el sol, un poco más afuera de la mentira plástica que les cubre. En la lejanía de los caseríos se revuelca Palés Matos y su Panteón Nacional cubierto de gasolina en el punto. El nuevo evangelio es irse, la única salvación es la huída de ese jardín de plástico.

Sólo son aptas unas cuantas especies de reciente evolución para esparcir este polen, que pueden alzarse sobre las banderas y todo aquello para contemplar, desde alguna terraza oscura, lo que yace tras los colorines y la historia muerta de donde sacan un hotel 5 estrellas en La Princesa. Sólo unos cuantos ven cómo la ciudad se vuelve como un librero caro y polvoriento lleno de las imágenes literarias de una generación derrotada, fortificada en la torre de marfil de lo postmoderno, romantizando el sudor y los viejos ritmos, inventando lo caribeño a fuerza de columnas dominicales.

La verdadera riqueza de esta ciudad es una novedad en peligro de extinción que se aparece de vez en vez entre noche y noche de galerías, o en las penumbras de las Fiestas de la Calle. No está ni en los precios del Real Estate, ni en la sofisticación mercadeada de SoFo (“Que siga la nota” ) ni en lo bien que retratan las fachadas de sus edificios. En su comodificación para el turismo radica su homogenización y su lenta muerte. Su moribunda riqueza cultural se embalsama en un velorio infinito para turistas, invitados a verle la cara limpia a otra ciudad dentro del ataúd-museo de lo restaurado-intacto, sin sucios, ni deambulantes, ni nada visible de la decadencia inherente a la ciudad moderna. Otro Timesquare pero sin luces y sin Disney. Hace tanto confundimos la conservación con la restauración y que hemos ahorcado las actividades humanas que daban a esta ciudad la belleza que hacía vibrar las calles entre sombras y olores cambiantes, esa riqueza que hoy sigue siendo el peculiar interfase que existe entre la intricada arquitectura del interior de sus espacios y el relacionarse embriagado de humanidad de los cuerpos que los habitan.

Materialmente encontramos allí una vuelta al centro del laberinto de esta capital que casi se ha vuelto Isla. En la Plaza de Armas (y de piedra), en la próxima esquina…la cruz romana (cardo decumano) de donde se trazaron los cuatro barrios viejos, sobre la Alcaldía un reloj guardaba el tiempo que antes sólo desde allí y desde las iglesias se mantenía en memoria escrita, los vientos que suben por la Cruz a la altura de la Fortaleza, y el mar al final de cada calle, la explanada verde del Morro y las nubes que purpurean las gradaciones de verde de aquellas gramas sobre el promontorio barrigón que es el Viejo San Juan, entre ángulos de luz clara en las tardes e infinitos colores que varían mientras el sol va cayendo sobre el casco, ensombreciendo los muertos que yacen no menos pintorescos al otro lado de la muralla, donde rompen las olas que vienen del otro lado del horizonte, de donde el sol revuelca las aguas y nacen los vientos que pintan de azules y grises las olas con su roce. La sensación de llegar al tope y mirar el agua. Claro, esas cosas ni venden ni retratan.

El Viejo San Juan es una colección de lugares que ocurren detrás del montaje escenográfico que petrifica su devenir en un juego de postales, una reconstrucción de fachadas a escala enana para el aeropuerto, o una arquitectura de gypsum board para Plaza las América. Su valor no está en la renta ni en el jangueo de los niños MySpace, sino en una manera de ver, de vivir y relacionarse de una gente que cada vez menos encuentra su hogar en esas calles, que mientras más restauradas más se vuelven escenografía cara e inaccesible: máscara de un difunto cultural sin rostro cuyos pedazos han ido emigrando a otra parte, o que bien asumen la muerte lenta del rostro equivalente y homogéneo de todas las ciudades para turistas del mundo.

Igual que en el resto de la Isla, su humanidad se escapa como cae la lluvia de sus edificios o como supura la humedad de ese promontorio barrigón por entre los adoquines resbalosos, gobiernos de letreros y costos de vida. En esta elegía desesperada, me despido desde afuera, con el recuerdo de palabras que escribiera Adolfo Aristarain, “la patria son los amigos”, y la ciudad es más que pintura y capota (adoquines y códigos de orden): su belleza depende de las formas de vivir posibles en ella. El polen de las flores nuevas convierte el aire en lecho amoroso preludio de la huída: una generación entera mira desde el más acá de las post-naciones.

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