La conciencia

por: Abdiel Segarra

La conciencia

Yo tenía una vida tan normal…tan normal que la pensaba aburrida; pero ya hoy sé más, ojalá pudiera volver a esos tiempos burdos de ocio accesible. Tenía un curro normal, en un bufete de abogados. La pura realidad es que empujaba papeles, y puesto que no era muy serio mi trabajo, me permitía tiempo para soltar la mente y darle vuelo a lo imaginario. En múltiples ocasiones me despertaron mientras visitaba la luna, explorando territorios desconocidos, en pleno vuelo, para volver a la triste realidad absurda de estas cuatro paredes.

Todo en mi vida iba tan bien. Me gustaba la dirección que estaba tomando, estaba cómodo. Que irónico que nunca nos damos cuenta de cuando estamos felices hasta el momento que no lo estamos ¿No? Siempre me ha parecido demasiado injusto eso. Es como si nunca estuviésemos predestinados a saborear la alegría, sólo el sufrimiento terrenal, el agobio y los momentos de tristeza. A veces mis amigos me culpan de ser pesimista, pero no considero que lo sea; creo ser un ente completamente realista: la vida es una mierda, pero ya que me tocó, lo mejor es sacarle el jugo.

Llevaba tiempo dándome cuenta que me vigilaban. No me preguntes cómo lo sabía, pero lo sabía. ¿Sabes ese sentimiento que te da cuando alguien te observa? Se siente como si te estuviesen atravesando con la vista. En la edad media se creía que el amor entra al cuerpo por medio de los ojos. Yo pienso, hoy día, que el odio es expulsado por los ojos, es proyectado al mundo hacia la dirección que estos apunten. Es por esto que sabía que estaban allí: el odio palpable.

Tenía un sentimiento constante de que me monitoreaban. En mi propio cuarto. ¿Puedes creerlo? ¿Qué pasó con la privacidad? ¿Ese concepto ya no existe en el siglo XXI? Allí, sentado en mi cama, sentía ojos discerniendo cada movida que hacía. Después de un tiempo uno se vuelve sobre protectivo y se cohíbe al actuar.

Antes me levantaba sin preocupación. Tenía mi rutina. Soy de rutina, sí, siempre lo he sido. Me levantaba a eso de las 5:30am. Desde pequeño pensaba que una ducha fría por la mañana es esencial para comenzar un buen día. No hay nada mejor que ese primer chapuzón. Pero ya no puedo. No puedo bañarme sin preocupación. Me he tenido que controlar; ya no puedo actuar tan libremente como antes sabiendo que están viendo.

El primer día que percibí que estaban allí me sentí raro. Pensé que quizá era yo, sobre analizando, imaginándome cosas como siempre hago. No hubiese sido la primera vez que creí haber visto algo que no estaba allí. Al mismo tiempo me cogieron totalmente desprevenido, in fraganti como dicen por ahí. ¿Cómo habrán entrado?

Ya que no se iban, tuve que cambiar mi rutina al levantarme. Pensé que quizá así los cogería desprevenidos. Así podría prepararme y estar listo antes que se levantaran. No se me hizo fácil, pero a veces uno debe tomar una medida y hacer las cosas. Ahora me levantaba a las 4:30am. Poco a poco se fueron dando cuenta de mi cambio de rutina. Ellos decidieron acoplarse a mi decisión. Cabrones.

Pensaba haberlos mofado, pero fueron ellos los que me pillaron a mí. Ahora siempre que me levantaba ya estaban listos. Ojitos abiertos. Fijados en mí. En mí. Ahora me preocupaba por que me vigilaran mientras dormía. Paré de dormir. No puedo, no podía concebir que siguieran ahí. Capaz que me hicieran algo mientras dormía. No sabía sus intenciones. Además, cómo iba a poder dormir sabiendo que estaban allí. Siempre. No se movían. Nunca se movían. Los escuchaba respirar. A veces era casi como si los escuchara hablar entre si. Charlando, pensando en mí, en todo momento, en todo acto, en cada mirada, en todo mi ser.

Pensé llamar a la policía, pero ¿qué harían ellos? Nada.
Ya no me atrevía a salir de la cama. Ellos están ahí.-Pensaba. No sólo lo pensaba, lo sabía. Los podía ver. Estaban ahí. Viéndome. Sin actuar. Sin moverse. Vigilando, siempre vigilando.

¿Habrá alguien que me extrañe allá afuera? Ya se tuvieron que haber dado cuenta que paré de ir al trabajo. Hace cuatro días que no salgo de casa y dos que no salgo de la cama. Voy a tener que hacer algo. No puedo seguir así.
Uno piensa mucho cuando no se atreve a salir de su cama.
Debería llamar a alguien. Pero ¿quien me creerá? ¿Quien vendrá a ayudarme?
Llegó la hora de la verdad. Necesito actuar. Ahora o nunca.

En ese mismo instante extendió su brazo para recoger la chancleta del piso. En un acto de desesperación brincó con ella, y de un solo y decisivo movimiento de la mano logró aplastar las dos moscas que llevaban varios días en su pared.

Gustavo Quintero

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