La conciencia
Yo tenÃa una vida tan normal…tan normal que la pensaba aburrida; pero ya hoy sé más, ojalá pudiera volver a esos tiempos burdos de ocio accesible. TenÃa un curro normal, en un bufete de abogados. La pura realidad es que empujaba papeles, y puesto que no era muy serio mi trabajo, me permitÃa tiempo para soltar la mente y darle vuelo a lo imaginario. En múltiples ocasiones me despertaron mientras visitaba la luna, explorando territorios desconocidos, en pleno vuelo, para volver a la triste realidad absurda de estas cuatro paredes.
Todo en mi vida iba tan bien. Me gustaba la dirección que estaba tomando, estaba cómodo. Que irónico que nunca nos damos cuenta de cuando estamos felices hasta el momento que no lo estamos ¿No? Siempre me ha parecido demasiado injusto eso. Es como si nunca estuviésemos predestinados a saborear la alegrÃa, sólo el sufrimiento terrenal, el agobio y los momentos de tristeza. A veces mis amigos me culpan de ser pesimista, pero no considero que lo sea; creo ser un ente completamente realista: la vida es una mierda, pero ya que me tocó, lo mejor es sacarle el jugo.
Llevaba tiempo dándome cuenta que me vigilaban. No me preguntes cómo lo sabÃa, pero lo sabÃa. ¿Sabes ese sentimiento que te da cuando alguien te observa? Se siente como si te estuviesen atravesando con la vista. En la edad media se creÃa que el amor entra al cuerpo por medio de los ojos. Yo pienso, hoy dÃa, que el odio es expulsado por los ojos, es proyectado al mundo hacia la dirección que estos apunten. Es por esto que sabÃa que estaban allÃ: el odio palpable.
TenÃa un sentimiento constante de que me monitoreaban. En mi propio cuarto. ¿Puedes creerlo? ¿Qué pasó con la privacidad? ¿Ese concepto ya no existe en el siglo XXI? AllÃ, sentado en mi cama, sentÃa ojos discerniendo cada movida que hacÃa. Después de un tiempo uno se vuelve sobre protectivo y se cohÃbe al actuar.
Antes me levantaba sin preocupación. TenÃa mi rutina. Soy de rutina, sÃ, siempre lo he sido. Me levantaba a eso de las 5:30am. Desde pequeño pensaba que una ducha frÃa por la mañana es esencial para comenzar un buen dÃa. No hay nada mejor que ese primer chapuzón. Pero ya no puedo. No puedo bañarme sin preocupación. Me he tenido que controlar; ya no puedo actuar tan libremente como antes sabiendo que están viendo.
El primer dÃa que percibà que estaban allà me sentà raro. Pensé que quizá era yo, sobre analizando, imaginándome cosas como siempre hago. No hubiese sido la primera vez que creà haber visto algo que no estaba allÃ. Al mismo tiempo me cogieron totalmente desprevenido, in fraganti como dicen por ahÃ. ¿Cómo habrán entrado?
Ya que no se iban, tuve que cambiar mi rutina al levantarme. Pensé que quizá asà los cogerÃa desprevenidos. Asà podrÃa prepararme y estar listo antes que se levantaran. No se me hizo fácil, pero a veces uno debe tomar una medida y hacer las cosas. Ahora me levantaba a las 4:30am. Poco a poco se fueron dando cuenta de mi cambio de rutina. Ellos decidieron acoplarse a mi decisión. Cabrones.
Pensaba haberlos mofado, pero fueron ellos los que me pillaron a mÃ. Ahora siempre que me levantaba ya estaban listos. Ojitos abiertos. Fijados en mÃ. En mÃ. Ahora me preocupaba por que me vigilaran mientras dormÃa. Paré de dormir. No puedo, no podÃa concebir que siguieran ahÃ. Capaz que me hicieran algo mientras dormÃa. No sabÃa sus intenciones. Además, cómo iba a poder dormir sabiendo que estaban allÃ. Siempre. No se movÃan. Nunca se movÃan. Los escuchaba respirar. A veces era casi como si los escuchara hablar entre si. Charlando, pensando en mÃ, en todo momento, en todo acto, en cada mirada, en todo mi ser.
Pensé llamar a la policÃa, pero ¿qué harÃan ellos? Nada.
Ya no me atrevÃa a salir de la cama. Ellos están ahÃ.-Pensaba. No sólo lo pensaba, lo sabÃa. Los podÃa ver. Estaban ahÃ. Viéndome. Sin actuar. Sin moverse. Vigilando, siempre vigilando.
¿Habrá alguien que me extrañe allá afuera? Ya se tuvieron que haber dado cuenta que paré de ir al trabajo. Hace cuatro dÃas que no salgo de casa y dos que no salgo de la cama. Voy a tener que hacer algo. No puedo seguir asÃ.
Uno piensa mucho cuando no se atreve a salir de su cama.
DeberÃa llamar a alguien. Pero ¿quien me creerá? ¿Quien vendrá a ayudarme?
Llegó la hora de la verdad. Necesito actuar. Ahora o nunca.
En ese mismo instante extendió su brazo para recoger la chancleta del piso. En un acto de desesperación brincó con ella, y de un solo y decisivo movimiento de la mano logró aplastar las dos moscas que llevaban varios dÃas en su pared.
Gustavo Quintero