El Insularismo en la vida de Quintín Rivera Toro, Ex-Director de ÁREA, lugar de proyectos.

por: Abdiel Segarra

Como diría el Super: Buen trabajo…

Hace más de un año atrás tuve un altercado con un reconocido artista puertorriqueño al salir de una apertura. Ya era tarde, seguramente todos estabamos bebidos y se reunía allí mucha de la clase artística emergente del área metro. El altercado comenzó por un malentendido verbal. El pensó que yo dije que el hablaba de estupideces, yo pensé que dije que yo deseaba hablar de estupideces, porque estaba muy cansado, porque no quería hablar ni un minuto más de arte…por ahí se fue la cosa. No importa ya. Cuando comenzamos a gritarnos en el parking, cual muestra pública de hombría y ego artístico, el miedo me venció. Nos gritamos cara a cara sobre la vigencia e importancia del trabajo fotográfico de la artista Reineke Dijkstra. Una pelea sobre estética en medio de un parking, si se puede creer semejante cosa. Poesía pura diría yo. Por primera vez viví la misma pasión por la política que por el arte. Tiré la cerveza para una esquina, lleno de coraje, y le di un manotazo, bien duro, al casco de motora que llevaba el compañero en su mano, cayendo al piso. Llegaron los “bouncers”….todo el mundo para su casa.

Antes de mudarme a Puerto Rico, hace casi exactamente dos años, recuerdo quejarme mucho de otro de mis miedos. El tamaño de los círculos sociales. “¿Cómo me voy a acostumbrar?” decía yo, “Nueva York es tan grande, y en Puerto Rico los cículos son tan incestuosos y tan pequeños”…

Luego del altercado en el estacionamiento, lleno de adrenalina y nervios me monté en mi guagua para fumarme dramáticamente un cigarrillo a solas y dirigirme a El Cojo, una barra local de mala muerte, en la cual nos gusta beber medallas tépidas y mirarnos los unos a los otros en el medio de la calle. La historia va que al rato de llegar allí, todo el mundo que me pasaba por al lado me felicitaba…eso es correcto, felicitaciones recibía yo. Luego del primero de varios golpecitos en el hombro, empecé a entender la jugada. Quintín, el de Caguas, se le guapió a fulano en el parking de la galería, viste, ¡chiquito pero bravo! Y pues claro, me reí, me sentí medio machazo, y después, me medio confundí, porque me dio coraje. No entendía cual era el logro, ni el motivo de celebración, aunque entendía perfectamente bien por donde venían. Además que , luego de tal susto, estaba muy agradecido por la solidaridad de los compañeros. El Cojo se convirtió en el perfecto lugar para celebrar y validar la idea de nuestro macho boricua. El cual se ve cada día más en peligro de extinción (y esto lo digo con una sonrisa), así que, ¡vamos a aprovechar el ratito que nos queda! Esta macharranería, al igual que casi todos los demás renglones sociales en nuestro país, se despliega perfectamente en el arte en Puerto Rico, aunque con un tratamiento, muy sofisticado.

Dos semanas más tarde, en un completo acto de subversción social, el compañero del altercado y yo decidimos tomarnos un café. Queríamos hablar nuevamente de lo que aquella noche aconteció y tratar de dilucidar por qué se puso tan caliente la conversación tan rápido. O tal vez queríamos seguir midiendo fuerzas, no sé. Recuerden, este compañero y yo no éramos muy amigos de por sí antes del evento. Durante nuestra conversación de más de una hora, el mismo mencionó entre muchas otras cosas, algo que no me he podido sacudir del sistema hasta el día de hoy. Me dijo Quintín: tu contribuyes al mismo insularismo que tanto criticas con tu Área. En un comienzo me llenó de confusión. Pienso: Ahhhrrrg, insularismo “The i word”, perteneciente a una isla, el libro ese, que no me lo he leído aún, auch… ¿Cómo es posible? que con una labor social tan clara en ser anti-elitista (en área nunca se curó absolutamente nada, hasta la llegada de Ralph Vázquez), anti-institucional, anti-gubernamental, mi lugar de proyectos, mi laissez faire, mi aquí: no hay censura, ni intereses comprometidos de ningún tipo, por favor hablen de pornografía, por favor hablen de los “gay rights”, por favor hablen del racismo rampante de este país, de lagalizar la marijuana, de el señor ese con muchos hijos que todo el mundo quiere que lo boten del país, por qué estamos aquí de nuevo hablando de la bonita composición del cuadro, y si me tengo que mamar otro conversatorio más en el cual feliciten al artista por: el brillante futuro que tiene por delante y lo mucho que enaltece nuestro nombre como país, convulso, y no respondo al teléfono más en mi vida.

Reflexiono entonces sobre mi labor en ÁREA. ¿Que fue lo que pasó realmente en allí? ¿Se dieron fuertes críticas, de esas que llevan a los artistas al llanto, a reflexionar sobre si importa la vida, o si tienen algún impacto social las artes en Puerto Rico, etc.? La verdad es que no. Casi nada. Poquito. Realmente, la mayor parte del tiempo allí se repartieron palmaditas para las espaldas, porque esto es precisamente lo que los visitantes del espacio conocían, y acostumbraban hacer en los conversatorios. No lo determiné yo, lo determinaron ellos con sus temas de conversación. Necesitaban un espacio para apoyarse y reunirse, para ver lo que el otro está haciendo y poder hablar de ello sin una cerveza en la mano. Y por desgracia o fortuna, la cara que estaba de frente a todos ellos era la mía. Yo era el que les alimentaba con un espacio para las palmaditas, muy a pesar de que mi deseo fuera otro. He aquí el acto insularista.

Por ahí va lo que muy sabiamente dijo el compañero del incidente. El mero hecho de llegar allí y llamarme director de algo, automáticamente me convertía yo en una especie de experto en arte. Como porque sí. Sin diplomas en las paredes, sin credenciales reconocidos, sin una trayectoria artística en el país, sin estudios post graduados, y para colmo en Caguas, la última frontera sicológica por romper para quienes viven más allá del peaje. Noche tras noche conocía nuevas personas, era testigo de nuevas manifestaciones artísticas subterráneas y emergentes, muchas de ellas inmaduras y sobre románticas, pero allí estaban. El mero hecho de contestar el teléfono y de que la gente en la calle me reconociera como:”el de área”, logró crear en mí un aura de validez, un aire de conocedor de alguna cosa. De alguna cosa.

Yo entendía perfectamente lo que el compañero decía y porqué lo decía. A raíz de los esfuerzos para crear este espacio populista y de auto gestión, se creó, una institución. Tal vez no como la del ICP, pero aún así una institución. Una institución que de alguna manera validaba el trabajo de nuestra clase artística y humanista emergente, y yo estaba al mando. En una época de sobre información como la nuestra, la cara que salía en el periódico era la mía, la voz que salía por la radio era la mía y no la de los artistas que allí han exhibido. Por tanto me convertí una figura de poder, pero como hueca. Una figura que polariza, inevitablemente el que hacer cultural entre los que están allí y los que no. Los que se identifican con una causa y no con la otra. Me convertí de alguna manera en lo que criticaba. Una postura de politiquería social. El viejo cuento de que nos mordemos la cola.

Ahora mismo el proyecto de ÁREA está en una nueva etapa, vienen nuevos cambios y con esto, nuevos tratamientos y métodos de cómo correr nuestro espacio. Aún así “el daño ya está hecho”. Al día de hoy cada vez que me deprimo y busco mi nombre en google para levantarme el ánimo lo primero que sale es: Quintín Rivera Toro el curador y artista que corre la galería… pero bueno, ya me cansé de decir que no soy curador, que los curadores estudian para esas cosas y leen mucha teoría y crítica francesa, y desayunan, almuerzan y cenan exhibiciones, etc.

Todo esto que les he leído me sirve simplemente para llegar a este punto. ¿Qué hubiese pasado si se hubiese utilizado ese “poder”, si se hubiese utilizado este espacio para verdaderamente crear un lugar de inclusión y exclusión, para decirles a la gente que por allí transitaba, este trabajo es bueno y este no, para la conveniencia de mi carrera y de los que están de acuerdo conmigo. ¿Qué monstruo insularista en potencia se hubiese podido crear?¿Qué impacto en el mercado hubiese tenido este nuevo arte joven? ¿Qué se nos hubiese ocurrido para sacarle el mayor provecho a toda la presencia periodística que nos han dado los medios, en la cual la mitad de las veces fui yo el que escribió la noticia, en un mágico acto de ausencia cut and paste en una computadora ajena? Y no me malinterpreten, agradezco las cosas positivas que sí logran los medio y claro que me encanta la atención, pero vamos, hay que ser autocríticos…y yo me tiro mi hazañas como cualquier otro artista que vive en la jungla del arte globlizado. No me canto santo, pero sí me canto moralista de alguna manera. Yo creo en las exhibiciones curadas y creo en la crítica inteligente. Encuentro fascinante el “big art market”, las ferias, las relaciones artista-galerista, en el coleccionismo y en la vorágine comercial que es el arte.

Y más allá de todo este análisis que todos en Puerto Rico conocemos y sentimos por debajo de la piel, lo que me pregunto es ¿quien hubiese estado allí para decirme que mis decisiones eran o no éticas, qué fuerza social me lo hubiese impedido? La contestación es probablemente que muy poca o ninguna. ¿Entonces qué es lo que está mal con este recuadro? ¿En dónde está la falla del sistema? ¿Podemos todos y cualquiera de nosotros convertirnos en entes de poder social y potencialmente abusar del mismo? ¿Podemos lograr esto sin recibir poco o ningún cuestionamiento social? ¿Es acaso un asunto de quien tira los mejores parties? ¿Quién tiene la colección más comentada o quien alberga a los artistas más calientes del momento? ¿Dónde queda el valor de cuestionar la sociedad con el arte? ¿En al menos de vez en cuando exigir a nuestras instituciones que nos traigan cosas de afuera para que podamos compararnos en directo con el resto del mundo? La verdad es que me es demasiado complejo entenderlo. De seguro me equivoco y me contradigo con frecuencia. Pero esto no es un “disclaimer”, estas son mis creencias. A mí entender nos hace falta darle más poder a algunas personas las cuales han demostrado compromiso con la reconstrucción de las evidentes lagunas de aprendizaje que tenemos en nuestro país. Sí, lagunas, las tenemos, todavía. Lagunas que no se van a ir por el hecho de que estemos comenzando a participar del mercado internacional. Lagunas que tenemos que asumir para no seguir suponiendo lo maravillosos que somos y lo alto de nuestro estándar a nivel mundial sin tan siquiera conocer verdaderamente nuestra propia historia como país, nuestra historia del arte. Entendernos y pensarnos sociológicamente, ¿Por qué seguimos haciendo arte?, ¿De qué cosas nos quejamos?, ¿Cuántos años llevamos quejándonos de lo mismo?, ¿Quienes fueron los líderes anti-quejistas de la época?, ¿Estarán vivos todavía?, ¿Les quedarán ganas de trabajar?, ¿Los podemos llamar para que nos ayuden a entendernos a nosotros mismos?, ¿Quién sabe?, algún día nuestros estudiantes de maestría y doctorado podrían investigar el tema de nuestra autoconcepción.

Al día de hoy le agradezco mucho al compañero del altercado sus palabras reveladoras, pues me han ayudado mucho a encontrar el norte del proyecto ÁREA. Además, tengo que admitir que aunque estoy quemado por el trabajo de dos años allí, mi deseo de comprenderme como un ser isleño, sicológicamente complejo continúa.

Quintín Rivera-Toro
Septiembre 2007, San Juan, Puerto Rico
(actualizado de su primera versión escrita para el panel de discusión para CIRCA 07’ llamado: Manejo responsable y dinámico de organizaciones culturales , organizado por Ralph Vázquez.)

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