Violencia

por: Abdiel Segarra

Violencia
Por: Javier Román para el boletín de Conboca.

Sin duda, hay violencia a todas las escalas en las que concebimos la existencia: donde quiera que un cuerpo altere el estado o el orden normal de otro cuerpo en el espacio, existe violencia. Hay violencia entre las moléculas de los cuerpos que componen la materia del universo. Hay violencia entre los cuerpos celestes, entre meteoritos y planetas, entre galaxias que colisionan y entre agujeros negros y las estrellas que se tragan. Hay violencia dentro de nuestros propios cuerpos, entre sus antígenos y las bacterias que nos roen, entre los cuerpos comestibles que destruyen nuestros dientes y que disuelven los jugos gástricos. Y hay violencia entre nuestros cuerpos humanos: entre parejas, entre familiares, entre amigos, entre clases y entre los pueblos esparcidos sobre la superficie de la Tierra.

Hay violencia, fundamentalmente, cuando chocan las direcciones entre los cuerpos: ya sean varios cuerpos en movimiento o uno (o varios) que desean moverse por el espacio que otro cuerpo ocupa, desplazarle—pero uno debe forzarse sobre otro para que ocurra la violencia. No hay violencia cuando los cuerpos están inmóviles o cuando todos los cuerpos se mueven en la misma dirección. La resistencia de un cuerpo al desplazamiento por otro, también puede tornarse violenta cuando el violentado se aferra a su posición en el espacio y (a veces) intenta devolver la violencia al agresor original. Diferencio las violencias entre sí de acuerdo a tres renglones principales: el tamaño de los cuerpos entre los que ocurre (su escala), el movimiento que provoca tras su ejercicio (su alcance, uni- o bi-direccional) y la causa que provoca la misma (a menudo una violencia anterior). Nos limitaremos en esta reflexión a la violencia que ocurre entre los cuerpos humanos, ya que entre todos los arreglos moleculares que componen los cuerpos a los que hemos nombrado, solo los cuerpos humanos (y de algunos animales) son capaces de ejercer violencia concientemente y con alevosía. Además, dada su conciencia de los efectos que la violencia tiene sobre sus propios cuerpos, también somos los únicos capaces (junto a algunos animales) de sentir conmoción—ese visceral estado de alarma que ocurre más allá del lenguaje cuando se presencia un acto violento, a menudo en compañía de otros cuerpos.

Además de las escalas físicas en la actualidad, las violencias también existen en la dimensión del tiempo y del espacio. Los ejemplos históricos no han de faltar, sobre todo a lo largo del siglo XX—para muchos el más cruento de todos los siglos que haya vivido el hombre desde el inicio de la historia escrita. Los ejemplos del futuro se desvelan cada nuevo día. A menos que el Premio Nobel a Barrack Obama no sea otra cosa que un premio de consolación, la violencia a escalas significativas continuará jugando un papel protagónico entre las relaciones del ser humano en el siglo XXI, más aún con las crisis de recursos que se avecinan. En lo que a nuestra Isla respecta, el panorama cada es cada vez más incierto.

Cuando llueve, a menudo hay gotas que chocan violentamente entre sí. En otras ocasiones, podemos ver movimientos enteros, grandes ondulaciones en la lluvia cuando va cayendo. Si imaginamos la humanidad como un gran aguacero cayendo eternamente a través del tiempo y el espacio, resulta fácil entender la conmoción que ocurre constantemente cuando presenciamos los efectos de la violencia—estando ahora altamente mediatizados y “conectados”. Ésta desata ondas, vibraciones en las gotas que van cayendo, reverberos, ondulaciones en nuestro constante caer a través del tiempo y el espacio.

Los disturbios afectan la totalidad de esta lluvia, aunque en distinta medida y a distinta frecuencia—agresiones personales, asesinatos, linchamientos, revueltas, revoluciones, conflictos regionales y guerras de todo tipo—conmociones a escalas variadas que, por la naturaleza de su acción sobre distinta cantidad de cuerpos, trascienden o no a todo el aguacero de una sociedad, quedan como una mera llovizna o aturden como una gran tormenta a la humanidad entera. Claro está, las gotas de este sistema, ahora intercomunicado, abarcan toda la tierra y contiene obviamente regiones más turbulentas que otras, más propensas a las violencias más crueles y despiadadas que podamos imaginar. Las grandes guerras del siglo XX fueron grandes conmociones donde pedazos enteros de ese aguacero cayeron sobre otros—violencias que no eran gotas de eventos aislados, sino torbellinos y huracanes. Catástrofes sin precedentes que al parecer, estamos condenados a olvidar.

En ese sentido, nuestro pequeño terruño ha vivido ajeno a esas grandes conmociones. Tras la instauración del régimen “democrático” luego de las grandes turbulencias de las Revoluciones Francesa y Estadounidense, la violencia a gran escala entre los cuerpos humanos ha estado fuera de nuestro territorio, y fuera de los Estados Unidos hasta septiembre 11, un excelente ejemplo de la conmoción en acción (en la inmediatez física de una metrópolis de 19 millones de habitantes y en la inmediatez mediática de las comunicaciones). La gran mayoría de los demás pueblos del planeta no han tenido esa suerte. Genocidios y fosas comunes (violencias entre cuerpos diferenciados por sus “razas” o “nacionalismos”), guerras civiles de décadas y regímenes marionetas, estados fallidos y bandas de neo-piratas, ciudades que han desaparecido de la noche a la mañana tras un bombardeo: aunque hemos sido parte de infligir o permitir esas violencias, los puertorriqueños y los norteamericanos han vivido aislados físicamente de esas realidades, comunes y actuales aún hoy para muchos pueblos. Los ejemplos, nuevamente, no han de faltar.

En el contexto actual, lo que nos separa de los estadounidenses es que ellos tuvieron que ejercer la violencia contra un imperio para establecer su estado, y posterior a su establecimiento, tuvieron que matarse entre sí no solo mantenerlo, sino para ponerse de acuerdo sobre a dónde debería dirigirse: la Guerra civil de los Estados Unidos fue una gran conmoción cuyos ecos aún reverberan en esa parte del finito aguacero de humanidad que componen los cuerpos de esas tierras. La resistencia de los conservadores sureños al cambio coquetea con la violencia en todo momento (se trata de un país que ha asesinado sus propios Presidentes en el pasado). Nosotros, en cambio, nunca matamos, ni a Dios, ni a nuestros amos. Salvo contadas ocasiones desvinculadas de nuestra actual “democracia” espectacular (la Revolución del 50 y la ahora opacada Masacre de Ponce, entre otros), los puertorriqueños somos ajenos a la violencia política a mediana escala y nos son solamente comunes en la actualidad las violencias interpersonales, de género y las motivadas por el crimen.

Entre la violencia y la conmoción, siempre hay incredulidad. Es decir, antes de conmovernos, se nos hace increíble lo vivido: hubo incredulidad en cada uno cuando caían las torres gemelas, antes de comprender qué realmente pasaba; hay incredulidad cuando terminamos con una pareja, antes de comprender que quedamos solos (que es otra violencia, sutil, pero introduce distancia y movimiento entre dos cuerpos). Siempre la conmoción está precedida por un período donde no podemos saber si lo vivido es sueño o realidad: ¿esto está realmente pasando?

Desde un tiempo reciente, el mundo que vivimos se nos presenta cada vez más como increíble. “Lo que nos ha tocado vivir”, dicen muchos. Éste es el más sutil indicio de la violencia que actualmente se ejerce sobre nosotros: un sector del país fuerza sobre otro un movimiento hacia una dirección. En esencia y dada la falta de alternativas provistas, ese movimiento empuja a grandes sectores de la clase media o trabajadora y exigiéndoles que se muevan o hacia la pobreza y la desesperanza eterna, o hacia la riqueza tramposa de enajenación nihilista. Esta es la dirección de la violencia que se ejerce día a día, directa o indirectamente, sobre nuestros cuerpos. Está causando una conmoción demasiado amplia, extendida y en gran medida impensada por ambos agresores y agredidos. Nos encontramos, cada vez más, con pensamientos nuevos en nosotros, posibilidades y conclusiones antes impensadas que nunca habíamos creído posible llegar a concebir. Es la conmoción que sentimos por ese sutil desplazamiento.

Ante semejante realidad, lo que sentimos y pensamos es, cada vez más, increíble. La violencia que sentimos es el desplazamiento colectivo de nuestros cuerpos por encima de un límite que cada día vamos dejando atrás (pues estamos cada vez más del otro lado del mismo). No creemos cada nueva ley propuesta, cada conflicto de interés y cada escándalo, cada impuesto y cada trampa, cada atropello y cada nueva torpeza de la clase dirigente, se nos vuelve, increíble.

Esa incredulidad es la prueba de que nuestros cuerpos están siendo violentados—empujados poco a poco, día a día, sobre el borde de un inmenso precipicio al que algunos ya han caído y al que otros van cayendo. Un gran viento nos fuerza sobre esos límites desconocidos, impensados y al momento, increíbles.

Que nos encontremos en medio de este desplazamiento es la prueba de que, en efecto, los dirigentes del país no conocen lo que hacen, ni mucho menos entienden las consecuencias de esta violencia. Pero están muy claros de la posición que quieren tomar para sus cuerpos y los de los suyos. Sus libros de teoría de libre mercado y están obsoletos y por ende, los líderes que elegimos están incapacitados para dirigir el país. Se dirigen a sí mismos mientras nos empujan sobre un abismo.

El autor es profesor de diseño, artista y editor.

Comments are closed.