¿Cuánto cuesta que la gallina mee?

por: Abdiel Segarra

¿Cuánto cuesta que la gallina mee?

Por Abdiel D. Segarra-Ríos

El pasado miércoles 24 de febrero tuvimos la oportunidad de participar de la puesta en escena del proyecto “Cuando las gallinas mean” del artista nuyorican Miguel Luciano (www.miguelluciano.com).

Luciano, reconocido por sus proyectos de toque humorístico sobre la cultura puertorriqueña y las formas en que la misma se relaciona con la cultura estadounidense, visitó el recinto riopedrense de la Universidad de Puerto Rico por invitación del Departamento de Bellas Artes, con el fin de celebrar unos talleres que culminaron en el desarrollo de unos “premios” de tipo botón que están disponibles en la pica que le dió forma al proyecto y que el público podrá visitar en el vestíbulo de la Biblioteca José M. Lázaro hasta el 24 de abril de este año.

“Cuando las gallinas mean” se plantea como una plataforma para la libre expresión. Parte de la apropiación del conocido refrán popular “Los niños hablan cuando las gallinas mean”, que explícitamente indica que los niños tienen que callar, que no pueden opinar, que deben auto-reprimir sus ansias de comunicar. La intención del artista evidentemente es subvertir eso que se nos enseñó casi como doctrina e invitarnos a hablar y a participar de un dinámica de comunicación mediatizada por el gesto evidente de ver a la gallina meando al pagarle con una moneda.

Esa tarde el éxito de la máquina fue más que evidente: en las dos ocasiones que se llenó la máquina con premios, la gallina meó hasta que no quedó ni un solo huevo. Con este acto los “niños” hablamos y nos aprovechamos de ese espacio de libertad para decir y escuchar lo que quisiéramos decir y escuchar. Los mensajes fueron sumamente diversos, desde: “ámame”, “mi abuela es racista”, “Facebook activist”, “Dominirican”, hasta una imagen del cordero dormido en el escudo de Puerto Rico.

Un aspecto que no se debatió y que a nuestro parecer está implícito en la construcción discursiva de la pieza, es que esa libertad de expresión se da mediatizada por un pago. A pesar de que éste es mínimo (25 centavos), nos parece que ello forma parte fundamental del contenido de la pieza y de la acción. En esta puesta en escena el consumo como condición de la pieza, pareció haber sido un incentivo. Según Miguel, en las ocasiones en las que se ha mostrado la máquina, sin importar el lugar, jamás se habían vendido todos los premios en un solo día.

Más que un espacio para la libre expresión, como gesto artístico reflexivo, este elemento nos pone en perspectiva el lugar del consumo en el hecho comunicativo. De alguna manera, este gesto pone en evidencia una vez más la elasticidad del mercado para insertarnos dentro de él, y a la vez apunta a cuán habituados estamos a las mediaciones económicas: todo cuesta, la sorpresa tal vez sería que algo valioso fuera gratis. Para beneficio nuestro una peseta es prácticamente una cantidad insignificante comparada al costo de producción de los premios que da la máquina. No es mi intención obviar el hecho de que las cosas tiene un costo. Pero a la vez, es algo que merece ser discutido en relación a la temática que propone el happening.

El proyecto nos dejó con lo que debía: muchas preguntas sobre nosotros mismos y sobre las maneras en que nos relacionamos. Gracias a la buena construcción de la obra y la acogida de la misma, podríamos plantearnos muchas preguntas; entre ellas: ¿Cuánto estamos dispuestos pagar por hablar? ¿Es justo que se tenga que pagar por hablar? o, ¿De qué formas pagamos para hablar? ¿Está implícito ese costo en nuestras dinámicas de comunicación? ¿Cuánta necesidad hay de decir? ¿Cuánta necesidad de espacios para discutir? ¿Cuáles son esos espacio desde donde hablamos? ¿Qué cosas todavía no nos atrevemos a decir?

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