El Precio Inicial de un “Corto”

por: Joan Michelle Méndez Vidot

La pasada edición del Festival Internacional de Cortometrajes de Puerto Rico —conocido como Cinefiesta—,  fue un éxito.  Tras ocho años,  este evento dejó de ser uno que propiciase el encuentro entre grupos selectos  —vinculados a la industria del cine—,  para ser casi multitudinario.  Hago hincapié en el “casi” porque evidentemente falta mucho por hacer,  como desarrollar un plan inteligente de divulgación y educación sobre lo que a la mente del ser humano debiera ser el concepto “cortometraje”.

Si dentro del marco histórico de la industria del Séptimo Arte,  el cortometraje adolece de la inexistencia de mercados de distribución y comercialización definidos para su  exposición,  paradójicamente cada vez son más las plataformas —a través de certámenes y festivales— que representan grandes oportunidades para el cineasta que quiera difundir sus historias;  pero aún así existe una confusión tanto en el cineasta,  como en el amante del cine,  en cuanto a la historia y contenido del cortometraje se refiere.

Por ejemplo:  el caso del joven llamado Luis y quien luego de la tercera sesión de selecciones oficiales del Festival Cinefiesta   —la noche del martes 3 de agosto—,  se sentó en una escalinata de la entrada de la sede del evento  —Museo de Arte de Puerto Rico—.  Visiblemente confundido y abrumado este joven,  que  aparenta no llegar a la mayoría de edad,  sacó de su mochila una libreta,  un lápiz,  y comenzó a escribir ante la mirada igualmente confundida y abrumada de un amigo que lo acompañaba.

Tras varios minutos compartiendo con ellos impresiones sobre los cortometrajes expuestos en la sesión,  reparé en la posible razón que llevó a “Luis” al estado en que se encontraba,  y para corroborar esa razón,  le pregunté:

— ¿Qué opinas sobre las historias de los cortos que viste?  —

—Después de lo que vi,  no puedo escribir historiasno puedo escribir historias porque no las entendí—, comentó Luis con voz quebrada.  Y no es para menos.  Era la primera vez que Luis y su amigo habían asistido a un festival cuyo material expuesto les exigía vivir en pocos minutos todas las emociones que tardarían más de una hora en sentir. Y eso pudo haber representado para ellos un reto.  Los efectos de esa experiencia,  sin embargo,  fueron adversos.

—Todas las historias que escribo se desarrollan en la escuela —,  me dijo el joven mientras su compañero asentía. —Casi todas las historias que vi son complicadas—.

Los argumentos de Luis tal vez no tendrían suficiente fuerza ante la subjetividad del espectador que fielmente asiste a éste y otros festivales de esta índole,  pues este último reconoce que los cortometrajes   —por tratarse de producciones cinematográficas de corta duración (entre uno y 20 minutos)—,  demandan  esfuerzos que parecen ser fáciles de entender y desarrollar;  cuando la realidad es otra.

Por su poca (o inexistente) presencia en los circuitos comerciales de la industria del cine,  el cortometraje tiene la ventaja de requerir un presupuesto mucho menor para su producción que un largometraje;   y es aquí cuando la creatividad del productor,  director,  guionista,  actor…  tiene que dar la milla extra,  pero no partiendo de la premisa de generar ganancias;  de hecho,  la mayor ganancia que podría producir un buen cortometraje es el reconocimiento de su trama,  de la calidad interpretativa de sus actores y la calidad creativa de su guionista,  director,  productor…  pero sobre todo:  el poder de su historia.

En el poder de la historia se circunscribe el poder del cortometraje.  La misma no llega a la mente de su creador como aparición divina.  Hay que buscarla,  y eso conlleva esfuerzos tan livianos como leer una historia periodística,  presenciar un acontecimiento en cualquier lugar y en cualquier momento,  contemplar un vestido,  sufrir un desengaño,  escuchar una melodía,  observar detenidamente una persona…  pero para llegar a ese esfuerzo liviano,  se requiere de un esfuerzo diametralmente opuesto:  el esfuerzo de vivir.

Vivir para aprender a encontrar detalles donde no muchos los ven,  y eso sólo se logra cultivando la sensibilidad,  estudiando,  leyendo,  informándose sobre la vida y obra de personalidades influyentes en nuestra humanidad,  ya sea partiendo de la literatura,  teatro,  pintura,  religión,  arquitectura,  psicología;  en fin…  el poder de una buena historia dependerá de la intensidad con la que su creador desee vivir y aprender.  Ese es el precio inicial de una buena producción de cortometraje.

Puede ser que entre las palabras que llenan la libreta de Luis exista una historia escolar que merezca ser leída,  releída,  corregida,  organizada,  desarrollada,  rodada y por consiguiente,  vista por los fieles amantes de este arte que por cierto,  adolece de un organismo que ampare y divulgue sus proyectos;  y más lastimosamente:  que proteja,  incentive,  capacite y valore las mentes que los hacen posibles.

Muchas personas sienten el deseo de contar historias.  El punto de partida para la creación de una historia es infinito y si el mismo proviene de experiencias tangibles o no,  resulta inmaterial.  Lo importante es depurar la capacidad de percibirlas y expresarlas de la manera más pura,  sincera y sin transgredir la esencia de lo que se pretende contar.

Por otro lado,  llegar al nivel de complejidad dentro de la simpleza que aparenta ser un cortometraje requiere un alto grado de creatividad y experiencia.  Directores consagrados como Alejandro Aménabar,  David Lynch,  Luis Buñuel y Martin Scoresese comenzaron sus carreras realizando cortometrajes como La Cabeza (1991),  Six Men Getting Sick (1966),  Perro Andaluz (1928) y The Big Shave (1967) respectivamente.  Muchas veces este tipo de material fílmico sirve como carta de presentación para cineastas que posteriormente trabajan como directores de largometrajes,  aunque usualmente el mismo representa una válvula de escape para la libertad creativa de muchos cineastas independientes que prefieren no limitarse al desarrollo de historias comerciales.

Posiblemente ésta sea la razón por la que Luis no entendió las historias de algunos cortometrajes expuestos en Cinefiesta y,  que por cierto,  también son expuestos en festivales de escala mundial como Cannes (Francia),  Mar de Plata (Chile),  Festival de Toronto (Canadá),  Festival de Tampere (Finlandia),  Sundance Film Festival (Utah),  entre otros.

Independientemente de los diversos matices que los directores,  guionistas,  productores y actores le conceden al cortometraje;  de la complejidad que arropa una pantalla por un máximo de 20 minutos o de la ausencia de características habituales en un largometraje —como el inicio,  desarrollo,  problema,  clímax,  catarsis y desenlace “claramente expuestos al público”—,  lo cierto es que este arte debe levantar como ráfaga de vientos huracanados las emociones del espectador y llevarlo a diversos niveles de éxtasis desde la primera escena,  dejando a un lado los convencionalismos de un largometraje;  del mismo modo,  ningún cortometraje puede pretender concretizar en pocos minutos lo que se acostumbra entender tras 80 minutos;  y eso es difícil.

Si tienes una historia que contar a través del cortometraje pero no sabes cómo hacerlo,  te recomiendo que no esperes a que organizaciones públicas o privadas destinadas a la cinematografía lleguen hacia ti.  Búscalas tú a ellas a través de tu producto:  tu historia.  El proceso no es fácil,  y es por eso que debes enfrentarlo como uno de tus mayores retos.  Existen entidades dedicadas al desarrollo y realización de historias como la que seguramente tienes en mente. The Film Foundation es una de ellas.  Además de ofrecer cursos en dirección fílmica,  ofrecen talleres de elaboración de guiones y brindan orientación sobre los diversos festivales internacionales de cortometrajes en los que tu historia puede participar.  Accede a www.thefilmfoundation.org o llama al (787) 787-653-9163.

Los adelantos tecnológicos y la accesibilidad de las redes sociales son grandes herramientas para conocer,  explorar y sumergirte en la magia del cortometraje.  Es costo/efectivo y lo mejor es que cuentas con la inspiración más poderosa:  tu vida.

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