Borges y su desorden ordenado: Una mirada a La Biblioteca de Babel

por: Diana Ramos Gutiérrez

“Si el honor y la sabiduría y la felicidad
no son para mí,
que sean para otros.
Que el cielo exista,
aunque mi lugar sea el infierno.
Que yo sea ultrajado y aniquilado,
pero que en un instante, en un ser,
Tu enorme Biblioteca se justifique.”

-Jorge Luis Borges

Muchas veces hemos escuchado la cita de Borges diciendo que el cielo ideal sería una biblioteca. Creció y vivió rodeado de ellas, pero su obsesión fue más allá hasta crearla pues en su ficción constantemente sintetiza su visión de mundo. Jaime Alazraki  comenta que “sus narraciones ganan en intensidad estética al ser fecundadas por una doctrina que las interpreta y explica, y como estas hipótesis filosóficas que llenan de realidad al transformarse en materia narrativa. Motivación e invención quedan amalgamadas en una unidad invisible.”

Y es que, ciertamente, nuestras hipótesis sobre el universo, sobre la vida, el hombre, su origen y el posible desenlace de todo ello puede que tenga un orden o una visión particular dependiendo de nuestra formación cultural y social. Borges traspasa ese umbral: decide crearla y ser atífice de una realidad alterna, inventada, una ficción más real que algunas que suponemos conocer. Borges logra que pensemos y supongamos una posible explicación a nuestras propias dudas y nos transmite las suyas porque, después de todo “no sabemos que cosa es el universo, pero elaboramos interminables esquemas para explicarlo, luego entendemos el universo según esos esquemas”. De ello se trata La Biblioteca de Babel.

Borges nos envuelve en un juego “donde lo real y lo ficticio se yuxtapone hasta confundirse”. La estructura del cuento es laberíntica. Nos lleva por toda esta Biblioteca, que será el mundo o la ejemplificación de la vida humana misma. No sólo eso: el orden y la descripción sugiere un laberinto de por sí, “la materia se organiza en construcciones laberínticas”. Como ha sugerido Anderson Imbert “el mundo es un caos y {…} dentro de ese caos el hombre esta perdido como en un laberinto”.

No es que Borges utilice el símbolo del espejo para ejemplificar en sus cuentos la doble apariencia humana y haya sido utilizado como uno de sus signos recurrentes en muchas otras de sus narraciones. En La Biblioteca de Babel, al leer la descripción de esta majestuosa construcción (al parecer divina pero que el narrador no explica su procedencia, así como la de Dios) nos parece como si la estuviésemos viendo duplicarse a través de un espejo.

De hecho, en el cuento menciona que en la biblioteca hay un espejo “que  fielmente duplica las apariencias”, que dado a ello nos pareciera (como también a los personajes del cuento)  que la misma tiene un carácter infinito. Nosotros, tras el escogido minucioso de adjetivos por parte del autor (insuficiente, incesante, insondable, angosto, se abisma, interminable, incomprensible, ilimitada) podemos apostar a que lo es. Además, al final del cuento y tras toda la explicación de lo que contiene y significa cada una de las cosas en esta Biblioteca arguye que no puede cesar, que es “ilimitada y periódica” (circular, infinita).

“La biblioteca es total”, es todo. En ella se encuentran “las dimensiones ilimitadas de la esperanza”, así como “la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo”. Pero al parecer su sabiduría no se encuentra al alcance de los humanos, “todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.

Su construcción y contenido causan el mismo vértigo que la lectura del cuento, no sabemos dónde estamos, ante qué, pero a su vez podemos reconocer todo lo que nos rodea aunque no lo entendamos cabalmente. El juego geométrico que utiliza para explicarla hace más difícil el laberinto. Las partes parecen ser inconexas, pero existe a su vez un orden total y lógico, repetitivo, constante y armonioso. Esta Biblioteca es como el mundo: un desorden ordenado.

Su mismo título afirma el carácter inconexo y desunido de la Biblioteca. “Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aún la humilde y pura coherencia) es casi una milagrosa excepción.”  No existe la certidumbre de hallarnos, es más, su vértigo causa que el lector sienta una súbita sensación de abandono en este universo tan disparatado e ilógico ante nuestros ojos pero que parece tener toda la coherencia y el equilibrio como para que contenga todo lo que nos define, lo que somos y dejamos de ser, todo el mundo, todo y todos es la Biblioteca, aunque sintamos recurrentemente que “la certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma”. A fin de cuentas, nos terminamos quedando con lo mismo que empezamos: con la nada.

Referencias:

Alazraki, Jaime. La prosa narativa de Jorge Luis Borges. Gredos, Madrid, 1968.

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