El registro como metáfora

por: Dialitza Colon

Partiendo de la acepción común de lo que sería una bitácora, esta nos remite al registro o al típico cuaderno donde se recopila el total de experiencias relacionadas con algo en particular. En este sentido, no cabe duda que el ensayo fotográfico de Vanessa Hernández cumple de manera elocuente dicho cometido. Sus fotografías son, como afirma la artista, un homenaje a la vida y obra de la artista francesa Claude Cahun. La vida y obra de esta artista fue un comentario vanguardista sobre la inversión de roles, cuestionando nociones de identidad, sexualidad, género y belleza. La adopción de su seudónimo, un nombre sexualmente ambiguo, y sus autorretratos andróginos muestran un modo de pensar y crear revolucionario, a través de la experimentación fotográfica como documentación de la realidad. Sus fotografías, escritos y vida en general, siguen siendo fuente de inspiración para artistas contemporáneas y son también la inspiración para Bitácora. Pieza en la cual podemos contemplar de manera sutil, un sagaz comentario sobre la artista, a la vez que comparte escenario con conceptos como el tiempo, la muerte, la ambigüedad y el recorrido. Puede ser entendida como una biografía atípica, vista desde el distanciamiento del tiempo y a partir de la experiencia del viajante. Sabemos que toda obra se presenta con cierta pretensión de sentido,  mas el sentido de este ensayo fotográfico escapa todo capricho de inteligibilidad político-social, -que tan en boga están y al cual sería seductor sucumbir al momento de hablar de la obra de una artista políticamente tan desafiante-, para posicionarse de manera distinta ante los espacios que retrata.

Sus imágenes, a diferencia de la imagen documental y a modo benjaminiano, escapan de toda legitimidad unívoca y son de carácter abierto y reflexivo. Responden a una lógica distinta que la del mero documento y no apunta de manera fija a su contenido. Su mayor virtud radica en que claramente parecen decir más de lo que son. Para Adorno las obras de arte son algo espiritual en su consumación, apenas mediante significados. De este modo, las imágenes no están orientadas a priori a obtener un conocimiento empírico de los paisajes ni de los espacios que retrata, sino a la reivindicación de la memoria, a una narrativa en concreto y al placer estético que producen. Esto puede deducirse, por el aspecto formal de las imágenes, los ángulos en que fueron tomadas, que de cierta manera resultan ambiguas, sólo el epígrafe es capaz de situarnos en esos lugares, que de otra manera pierden su pertenencia a un espacio concreto y pasan a formar parte de un paisaje indefinido. Podríamos decir que precisamente, esa toma de posición ante lo que se tiene frente a la cámara, adornianamente, son justamente el sello y la huella de la mano del artista, es la manera que tiene de comunicarse, de un lenguaje particular. El color, la forma, la disposición en el espacio, todo forma parte de una intención claramente estética.

Una imagen deviene estética también cuando ofrece resistencia a nuestro habitual acceso al mundo, dando lugar a un movimiento reflexivo, a través del cual parece devolvernos nuestra propia mirada sobre el mundo de manera peculiarmente extraña. Es ahí, en esa irrupción, donde reside el potencial político del realismo estético. Es en esa suerte de extrañeza y belleza, que abre otros espacios de apreciación más allá del mero viaje anecdótico. Extrañeza entendida como causa y efecto de una dialéctica constante en la que se encuentra el sujeto contemporáneo. Este concepto me viene con cierta claridad ante Bitácora y ante la misma obra de Cahun. Las imágenes conforman un discurso sobre alguien, sin embargo el discurso se articula desde escenarios diversos. Ella no es sólo la artista que vivió a comienzos del siglo XX que desafió a su tiempo, ella es también los espacios que habitó. Su identidad no fue fija, y en este sentido es condición de posibilidad de la extrañeza poder transitar, pues la realidad no es otra cosa que una alegoría y en este sentido una apariencia. El arte en sentido wittgensteiniano es una forma de vida. El recorrido por los lugares que habitó la artista, es un modo de habitar, de abordar la idea de la identidad. No como lo hiciera Claude, en aquel entonces, sino desde una manera postmetafísica, que escapa a la inmutabilidad, la unidad y lo real entendido como verdad, y plantea la existencia como fragmentada, como apariencia y reflexiva. Todo esto es, claro, una manera de interpretarlas, una forma muy particular de aproximarse al mundo y de auto-conocimiento de sí mismo. El beneficio que hemos heredado y desarrollado desde el siglo XVIII, es esa misma autonomía de la creación y también de la experiencia.

Seguramente Bitácora no tiene tanto que ver con todo lo que he dicho hasta aquí, seguramente para su creadora, como con su carácter ensayístico y documental. Sin embrago, la posibilidad de provocar esta multiplicidad de discursos, es lo que dota su pieza de una interesante contemporaneidad. Son una magnifica cartografía de la ambigüedad, la vida, la muerte, transmutada en reconocimiento, libertad, recuerdo, continuidad de la memoria y, en este sentido, tiene mucho que ver con la propia obra de Cahun, por lo cual resulta aún más interesante y sugestiva.

Para más información sobre la artista vidite su web: Vanessa Hernández Gracia

Este ensayo de febrero de 2009, fue publicado como parte de la exhibición Bitácora (2009) de Vanessa Hernández Gracia en el Laboratoria de Comunicaciones de la Universidad Metropolitana (UMET) en Cupey, Puerto Rico.

Vanessa Hernández Gracia – Salta, 2007

 

Vanessa Hernández Gracia – Sin título, 2007

 

Vanessa Hernández Gracia – Berlín del este, 2008

 

Vanessa Hernández Gracia – A Mollepata, 2007

Vanessa Hernández Gracia – París, 2005

 

Vanessa Hernández Gracia - Viena, 2005

Vanessa Hernández Gracia - esta fotografía fue publicada en la revista Eleven Eleven #7 bajo el título: Mollepata, 2007

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