Desperdicios – de la basura y entre ella

por: Diana Ramos Gutiérrez

Río Piedras hace diez años se decía tener 332.344 habitantes, eso sin contar los indocumentados, cifra poblacional mayor que cualquier otro municipio en Puerto Rico (excluyendo San Juan, al que pertenece). Río Piedras tiene el 77% de la población de San Juan y casi una sexta parte de la de la isla. Su territorio es de 107.6 Km. El del resto de San Juan 16.3 Km., en total 123.9 Km. todo el municipio, de 9,104 Km. que tiene la isla de Puerto Rico.

La actividad comercial que tiene el área desde sus comienzos históricos hace que miles de personas visiten el centro la ciudad diariamente. La Universidad, campus más grande en la isla y que se encuentra cerca al centro del pueblo, es por sí más extensa territorialmente que algunos municipios y recibe aproximadamente veinte mil estudiantes. Su plaza del mercado es la más grande de toda la isla y miles más le visitan por cuestiones de ruta del sistema de transportación pública, del cual es el eje en Puerto Rico esta ciudad.

En este lado de la avenida hay movimiento durante el día, mayormente de índole comercial. Las noches la pueblan los pocos que viven ahí: los estudiantes que no tienen para pagar un sitio lejos del ruido, inmigrantes, los usuarios de cerca, los ex usuarios, los que andan por ahí pidiendo “chavos” (pesos en realidad), y cierta gente “con gustos excéntricos”, como me dijo una vez un amigo, ya que fui yo una de quienes vivió en el área. En la medida en que se acerque más al centro, al corazón de la ciudad, más se respira el aire denso de los que se han refugiado y hecho particulares sus espacios.

La basura de muchos ha quedado en la calle una vez más. No será hasta mañana que la retirarán a medias, porque algún zapato huérfano, algún juguete sucio u otro desperdicio aún más insólito quedará. Las posibilidades son infinitas. No es casualidad que hasta la basura tenga rituales. Sin duda es parte de nuestras vidas, así como como el objeto nuevo, el hecho de que se deseche, la actividad continua y compulsiva. Se destruye, se devora, se re-obtiene. Quedan las sobras para recordar que la materia no se desvanece, perpetúa, habita y reside entre y con nosotros.

Ante las pilas que han aparecido hoy, porque es verano, porque los estudiantes se mueven, porque aquí todo pasa muy rápido y hay que ir dejando, porque hay comercios y hay que estar botando, como el cuerpo, desechando. Constantemente y con urgencia. Sucede que la basura no materializa su apariencia de forma igual ante los ojos de todos, como nada lo hace. Entonces hoy el tránsito ha sido variado, en esta esquina ya se han parado más de cinco en unos minutos, pero claro, no todos a la vez. Lo veo recoger entre la basura las sobras de otro, abre las bolsas y estudia lo que encuentra. Sino lo hace él, más tarde lo hará otro, otra, o sino un perro. Sobras de comida, envases vacíos, libros, latas, correas. Mira de reojo un mueble que dejaron entre todo, que ni vale la pena recoger. Hoy la cantidad de basura es mayor, mayor que nunca me parece. La basura se esparce alrededor, puebla las calles porque no hay contendores como en ciudades cercanas (como el Viejo San Juan) donde se pueda colocar. Sólo la arrinconas en una esquina para que pase alguien y la abra, o algún perro rompa la bolsa. Todo se esparce, por las aceras y la calle. Tienes que verlo, no tienes otra opción más que verlo porque está ahí y es como estar viendo dentro. Lo que usa, lo que no usa, lo que come, lo que no le interesa, lo desechable, lo que restó y de todas las procedencias. La sensación un tanto urgente del “voyeaur”, pero esta vez de todo lo que nadie quisiera que se viera: la basura. Los desechos de muchos y aquí todos juntos.

El tránsito se volvió sospechoso de repente. Usualmente a esta hora por aquí no hay gente y menos con la iluminación prácticamente inexistente que hay en la calle. Una sombra se pierde entre la gama de objetos, mientras otra pasa por la acera de enfrente. Es imprescindible una selección cuidadosa y el respeto del próximo a escarbar es evidente. Ya ha elegido un crucifijo, un mantel sucio, un bolso de flores y algunos libros de auto ayuda. El protocolo exige que el otro siga su camino y venga después. Así en adelante la cadena continuará en el espacio turbio de la noche. En sólo unos minutos el lugar se ha transformado. La basura ha tomado casi forma y vida entre la pestilencia. Entre otra, basura distinta, igual y toda junta, como la gente. El silencio es casi sostenido y lo seguirá siendo varias horas más.


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