La canica

por: Alejandro Carpio

Cuando llegaron los soldados, ya la gente del pueblo había empezado a salir de sus casas. Miraban a sus libertadores con un recelo infinito, hasta con cierta vergüenza. Había dejado de nevar esa misma tarde, pero el pueblo estaba helado.
—No tienen nada que temer, —empezó el sargento Lloret—, el enemigo ha sido desplazado.
Un hombre con un sombrero inmenso, que resultó, luego de la investigación oficial, ser el panadero, se paró frente al sargento.
—¿Y cómo está usted tan seguro?— preguntó, con sorna. Una vieja sonrió en una esquina.
Al anochecer, el pelotón, avergonzado, salió del pueblo. Con algo de prisa, el alcalde les había trazado una ruta que prometía ser menos vertiginosa. Casi de mañana, cuando atravesaban el río, rodaron convertidos en una esfera de vidrio. Alguien había chasqueado los dedos.

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