Nostalgia, kitch y muerte: reflexiones en torno a Sector Rosa de Aby Ruiz

por: Sabrina Ramos

“El kitsch es un biombo que oculta la muerte”

Milan Kundera

“Sector Rosa” deja su impronta en el repertorio plástico de Aby Ruiz, convirtiendo esta exhibición en un hito en su propuesta artística.

Esta exhibición se presenta en la Galería Yemayá desde el 13 de octubre de 2011. Las obras anteriores de Ruiz se centraban casi exclusivamente en pintura de estética expresionista Sin embargo, en Sector Rosa  Ruiz toma una curva osada en su trayectoria plástica y empieza a explorar escultura, ensamblaje de muñecos y juguetes de plástico, intervención pública, readymade y objetos intervenidos además de varias pinturas de paisajes y retratos.

Las figuras de Ruiz parecen protagonistas dignos de una quimera febril: un hombre y una mujer con caras de cerdo, un hombre con cabeza de pescado montado sobre un caballo, un pollo desplumado con cabeza de humano, un bote cuyos tripulantes son animales patas arriba, un cerdo con una cuchara que sale de su ano, un hombre alado en una casa de pájaros y un cucharón lleno de trozos de alambre de púas.

Aunque por primera vez Ruiz manipula medios y lenguajes artísticos de tendencia más experimental,  “Sector Rosa” aun tiene un fuerte nexo estilístico y temático con su  trabajo anterior, canalizado a través  de una iconografía personal de corte surrealista y  simbolista.

El aspecto cohesivo en esta propuesta de temas y medios tan variados, es el rosado, que recorre la gama de pastel a tonos intensos. Y es que el rosa, el hilo conductor y color que nombra la exhibición, tiene unas connotaciones culturales de carácter complejo. Ruiz juega con el simbolismo y las percepciones culturales del color, además de aludir a  los dichos y refranes que provienen de la cultura popular respecto al color. Por ejemplo, “La vida no es color de rosa” es una frase que se refiere a ver la vida de manera irreal y excesivamente optimista.

El color rosa es el rojo, que simboliza pasión y energía, diluido o suavizado con blanco. En la cultura occidental popular simboliza el amor y lo que es considerado romántico. Es un color estrechamente ligado a nociones tradicionales del género respecto a lo emocional conectado a la mujer. El término “rosa” se aplica a las artes, música o literatura de contenido sentimental y comercial como por ejemplo, la novela rosa,  de argumento romántico, considerada afectada y convencional.  Consecuentemente, el rosado se vincula a lo  pretencioso y cursi, adjetivos característicos del kitsch.

El termino kitsch es utilizado por primera vez en el siglo XIX y viene del  verbo alemán verikitschen, que significa abaratar. Esta palabra se usa para describir la estética de un objeto que imita las bellas artes y es producido de manera industrial o aquello, que con mal gusto, apela a lo universal, sentimental y nostálgico.  Según el ensayo “Avant Garde and Kitsch” (1939) del crítico norteamericano Clement Greenberg, “Kitsch is mechanical and operates by formulas. Kitsch is vicarious experience and faked sensations. Kitsch changes according to style, but remains always the same. Kitsch is the epitome of all that is spurious in the life of our times”. Ejemplos contemporáneos del kitsch son la brittomania, figuritas de ángeles  o delfines e imágenes religiosas producidas en masa. En el contexto puertorriqueño particular, las escenas nostálgicas de la casa de jíbaro, el paisaje de montañas y  el flamboyán son kitsch.

Además del rosado,  Sector Rosa contiene elementos que podrían categorizarse como kitsch, especialmente en el contexto de Puerto Rico: querubines, una figura religiosa de San José con Cristo en los brazos, casas de jibaro y una imagen de Cajiga intervenida por el artista.

Es el aspecto nostálgico del kitsch puertorriqueño lo que el artista resalta en Nostalgia, una casa de jibaro rosada intervenida por  Bike Ismo, que flota sobe una nube de algodón y en Cajiga Intervenido , una copia de pintura de Cajiga con un paisaje puertorriqueño típico con dos intervenciones de Ruiz: una vaca rosada de plástico y nubes rosadas pintadas.

En la obra de Ruiz, la añoranza es un elemento esencial del kitsch puertorriqueño que desfigura la manera de cómo interpretamos nuestra realidad inmediata, expresado  a través del filtro rosado que afecta de manera igual nuestra mirada al pasado. Para Milan Kundera “El crepúsculo de la desaparición baña todo con la magia de la nostalgia; todo incluida la guillotina”[1]. La nostalgia esconde la crueldad y en el trabajo de Ruiz, la desaparición de Kundera equivale al color rosado. La historiografía de Puerto Rico ha constatado la pobreza y el sufrimiento de los campesinos al que las obras mencionadas hacen alusión. “Todo tiempo pasado fue mejor” y es el pasar del tiempo lo que transforma nuestra percepción. Es muy posible que para una persona que vivió en las primeras seis décadas del siglo XX, que era la época que presentan estas imágenes, hubiera visto una casa de jibaro como un signo de pobreza y no de añoranza.

Entonces, cabe preguntarse ¿Cuál es el enlace entre la imaginería kitsch, el lenguaje surreal de Ruiz y el color rosado?

Muchos de los ensamblajes del artista son partes provenientes de las figuritas-juguetes  que presentan  una animalidad brutal en el ser humano que en muchos casos parecen ser alegorías surrealistas de eventos violentos o represivos: un elefante que apunta un arma con su trompa, vaqueros con pistolas rodeando a un indio dentro de una caja, un hombre que traspasa la parte superior de la caja mientras que es atacado por leones, un gorila que parece a punto de agredir una mujer asustada, una silla eléctrica y un indio parado sobre una caja debajo de la cual hay un camello degollado, y una montaña de soldados muertos. No obstante, el  rosado disminuye el impacto visual de muchas de las obras, funcionando como una especie de filtro perceptual al horror, la muerte y violencia que transcurren en la vida cotidiana. El artista utiliza este color como una observación social y psicológica de la capacidad humana del subterfugio o el obviar lo absurdo y lo traumático para sobrevivir, casi como una ceguera voluntaria. La realidad se atraviesa con la ficción: igual que los personajes del realismo mágico de Gabriel García Márquez, autor a quien Ruiz hace constante alusión, hay un velo fino entre realidades imposibles y las paradojas de la percepción selectiva de la imposibilidad de realidades incompresibles por la razón.

El ensamblaje bañado en pintura rosa “La tercera resignación (homenaje a Gabriel García Márquez)”, que comparte el titulo del primer cuento publicado de Márquez, consiste de una cuna llena de juguetes: dinosaurios, personajes de películas animadas, muñecas y animalitos. Pero cuando el visitante observa mejor, este cruza el velo rosado  en el sentido visual y el perceptual, a la vez se da cuenta con sorpresa de la presencia de objetos violentos, revelaciones del lado turbio de la humanidad: cuchillos, pistolas, rifles y un cráneo humano  sobre una pala con rosas en las órbitas oculares. Sobre esta conglomeración  de cosas de naturaleza tan contradictoria, crece un arbusto de rosas en flor.

Al contraponer juguetes, símbolos de la inocencia y felicidad junto al horror de las armas, objetos de muerte, Ruiz explora una dicotomía básica de la existencia, mientras que viabiliza los cruces paradójicos entre lo real y ficticio. El cuento original de García Márquez al que hace referencia la escultura explora los linderos entre la mortandad y la vida y  amplía la idea de una sola muerte hacia la posibilidad de varias muertes posibles como son la muerte física, el olvido y la desaparición absoluta del protagonista del cuento: un niño difunto que sigue creciendo en su ataúd. Ruiz se apropia de los tropos paradójico que representa la muerte de un niño, ya presente en el cuento de Márquez (también  utilizado en El Velorio por Francisco Oller), pues la niñez es símbolo del inicio de la vida. Y a través de esta apropiación  se sumerge en el leitmotiv universal del Eros y Tánatos, o vida y muerte.

Lo cierto es que en otras de las obras de Ruiz se hace mención de este motivo: un perro putrefacto junto a un querubín rosado que duerme; la pintura Dame pon, que presenta un cuerpo descompuesto con su mano derecha alzada y un ramo de rosas en la mano  y las fachadas de tumbas pintadas de rosado. Pero aun cuando el artista representa la muerte, el kitsch sigue siendo un elemento muy presente en el mismo color rosa; en las rosas de la cuna, que son otro símbolo popular de amor y romanticismo y en el ángel dormitando. Para   Kundera “el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en el sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo en lo que la existencia humana es inaceptable”[2] . No es casualidad de que Ruiz haya colocado flores como ojos de un cráneo ya que nos acuerdan al dicho en inglés “looking at the world thorugh rose colored glasses”, mientras que las carabelas  ha sido símbolo,  a través de la historia de la humanidad, de reflexión sobre la muerte inescapable.  En última instancia, dentro de la obra de Ruiz,  el kitsch son las rosas o lo que Kundera denomina “el totalitarismo del kitsch”: es la membrana creada y retroalimentada por el estado, los medios de comunicación masiva, la cultura y las relaciones cotidianas encarnado en el optimismo y sentimentalismo fomentado por el consumo, que cierne todo aquello relevante a la insoportabilidad de la vida humana.


[1] Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser. Barcelona: Tusquets, 1985.Pag. 2

[2] Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser. Barcelona: Tusquets, 1985.Pag. 254

*Accede para ver la documentación de la exhibición publicada en Conboca.

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