La imagen como narrativa y afirmación: La fotografía de Francesca Woodman

por: Diana Ramos Gutiérrez

“La ausencia también puede ser un momento […]
No la ausencia de un lenguaje, con el fin de subrayar la imposibilidad de comunicarnos,
sino la construcción deliberada de un espacio vacío que figure lo que se ha ido”.

  – Alberto Manguel
Leer imágenes: una historia privada del arte
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Desde 1839 cuando se hace oficial el proyecto de la fotografía, el ser humano no ha dejado de plasmar su mirada multiplicando las imágenes captadas con la química de la luz. Ya en 1888 cualquier ciudadano de clase media-baja podía adquirir una cámara. Millones de fotografías, con millones de autores y millones de imágenes poblan y recrean en nuestra memoria un mundo paralelo vivido, una narrativa común que está disponible para ser revisitada en cualquier momento y ser utilizada como documento de vida, declaración de existencia que permanece, aún cuando el cuerpo no, en una imagen.

El destino que nadie desea, la frustración de cualquier persona, es no dejar huella de su pasado. El horror vacui de nuestras sociedades contemporáneas: el temerle a nuestra memoria o peor aun a la ausencia de ella, el olvido, no haber sido ni dejado nada. Domingo Martínez Rosario en su tesis La memoria como construcción de la identidad del sujeto contemporáneo en la práctica artística, enfatiza en las relaciones que tiene la memoria con la de-construcción de la identidad del sujeto. Su trabajo se apoya en la premisa de que en las últimas décadas el ser humano ha registrado imágenes de los momentos mas importantes de su vida a fin de no percibir “prácticamente más que el pasado, siendo el presente puro el imperceptible progreso del pasado que corroe el porvenir”. Dado a que infinitos de estratos de ideas, sentimientos, emociones e imágenes poblan nuestra mente a diario, y aunque pareciera que unas se catapultan entre las otras, en realidad todas conviven juntas dejándose ver entre sí.

En el binomio relación-memoria conviven simultáneamente lugares y personas que la habitan, siendo ésta una herramienta, una capacidad: la del recuerdo. El olvido se convierte entonces en una ausencia. Desde hacía más de dos décadas la fotografía de Francesca Woodman no visitaba los Estados Unidos. Natural de Colorado, produjo un trabajo complejo que incluye fotografía, vídeo y libros llenos de subjetividad y diálogo artístico con la memoria y ésta como objeto de proyección visual. El museo de Arte Contemporáneo de San Francisco (SFMOMA) realiza hasta el 20 de febrero una retrospectiva de la artista, una selección de sus piezas en su mayoría pequeño formato, entre las que se especula se remontan a 800 en propiedad, y las cuales no han sido cedidas por los padres de la artista tras su suicidio en 1981.

Para Woodman el libro era el objeto sobre el cual debían ser preservadas sus fotografías; las exhibiciones de su trabajo en galerías y museos en vida fueron escasas. Creó varios libros para recopilar notas y fotografías aunque solo publicó Some Disordered Interior Geometries el año en que muere. Se trata de una publicación muy rara de conseguir, una tirada limitada que consta de 24 páginas de escritos, cálculos, cifras matemáticas y fotografías. La propiedad de las demás piezas que incluye diarios, libros y alrededor de 10,000 negativos es manejada por sus padres, quienes desde 2006 solo han cedido 120 de las imágenes que ahora se presentan y una selección realizada por ellos del contenido en el libro (edición facsimil) titulada Francesca Woodman’s Notebook y publicada en 2011. La muestra se presentará en el museo Guggenheim en Nueva York desde el 16 de marzo.

Aunque es común la discusión del trabajo de Woodman a partir de una óptica femenina-feminista, es la narrativa de una vida corta y con un fin violento la que envuelve e invade la fragilidad y sensibilidad de estas imágenes. En sus piezas impera una mirada evanescente que presenta en su mayoría a la artista como modelo, ya sea creando una dialéctica del cuerpo, los espacios y la relación de ambos. En ocasiones el cuerpo funciona como soporte a la existencialidad por medio de la creación de sombras, se explora el cuerpo en comunicación con el espacio, adentrándose, en ocasiones literalmente a estos (como en la serie de fotos House).

La memoria es apelada y discutida en consistencia por la artista, quien en su tríptico (diazotipo) Cariátides, una de las imágenes más grandes en formato (6’), parece realizar e intervenir el espacio de exhibición a través de la fotografía. Su cuerpo se convierte a modo de escultura griega en instalación permanente y movible. En otras piezas, apela al desgaste, lo corroído y lo muerto, se intervienen espejos, paredes, alfombras, en donde la artista recrea y representa, confirma y crea corporeidad, reafirmándose o diluyéndose ante y con la imagen creada. Comenta Martínez Rosario que es justamente “la ausencia la que tiene más cosas que decir en relación a la memoria, en alusión a lo que estaba y se fue e, incluso, al olvido. […] Esta ausencia, para un individuo se traduce en lo olvidado, en lo que desaparece, en lo que ha muerto”.

La dicotomía se plantea en las fotografías en que Woodman decide utilizar un personaje masculino, o cuando su propio cuerpo es utilizado como una aparición, cuestionando su propia corporeidad. Son comunes las imágenes en las que presenta al aire libre, ante la naturaleza con el cuerpo fragmentado. La línea de fotógrafa e imagen se desdibuja constantemente, creando una expriencia desconcertante donde no se sabe si son dos personas o si no existe ninguna. En otras imágenes se presenta Woodman acéfala, incompleta, siempre el resultado de un original dudoso y fugaz, a veces monstruosa, intenta atrapar momentos o palabras saliendo de su boca (como en Self portrait talking to Vince.)

Woodman no titula la mayoría de sus fotografías, añadiéndoles solo fechas, lugares o nombres a las mismas. A partir de ello, desarrolla una narrativa en la que su imagen reflejada, su sombra y sus movimientos captados y reproducidos forman parte de una coherencia que insinúa y cuestiona. Es quizás en sus libros donde es posible que una comunicación clara emerja con solidez, o más misterio. Hasta que sea posible ver o entrever a Woodman y su imagen en contexto, perdura su fotografía y se cimenta creando una identidad paralela y de-construida que crea cada vez más curiosidad y acercamientos a su obra.


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