Presentación del libro: Incitaciones del Infierno. La poética de la “sumersión” en algunas narraciones hispanoamericanas del siglo XX (1900-1970) de Miguel Ángel Náter

por: Jorge Lefevre

 “… sería raro exigir de los hombres claridad en un tiempo como el nuestro.”

- Los hermanos Karamázov, Fiódor M. Dostoievski

En el libro Teoría de la novela, del 1916, el joven György Lukács hace un estudio “filosófico-histórico” de la novela, analizando los cambios en su forma a lo largo de los siglos. El último escritor que estudia a fondo es León Tolstoi ya que, al llegar a Fiódor Dostoievski, intuye un cambio de época y una forma renovada en la novela que rebasa los límites de su estudio. Dice que en Dostoievski “… vemos revelarse un universo concreto y existente, claramente diferenciado”, y que ésta “es la esfera de una realidad de orden puramente psíquico en el cual el hombre aparece en tanto que hombre y no como ser social, ni como pura interioridad (166).”

Es parte de esta realidad la que será el foco de estudio de Miguel Ángel Náter en Incitaciones del Infierno. La poética de la “sumersión” en algunas narraciones hispanoamericanas del siglo XX (1900-1970). A partir del psicoanálisis y de la psicología profunda, Náter analizará 18 ejemplos de la nueva novela, o novela psicológica. El estudio que llevó a cabo lo hizo a través de la más rigurosa investigación: son casi 300 las fuentes bibliográficas citadas. Sin embargo, la voz y la lectura del autor relucen mientras más se adentra a las profundidades de la psiquis humana.

No debemos  confundir a este nuevo movimiento literario que estudia como una violación de la realidad, cosa que algunos han querido ver, sino como un rompimiento con el limitado alcance del realismo. Si la mimesis del “realismo” implicaba la búsqueda de la objetividad, la universalidad y la razón, la realidad será interpretada ahora a base de los últimos descubrimientos de la época. Señala el autor que:

Se trata de una nueva realidad a partir de la teoría de la relatividad de Albert Einstein, de la nueva psicología de Sigmund Freud, de la fenomenología de Edmund Husserl y las críticas a la objetividad en la filosofía de Emmanuel Kant, Karl Marx, Arthur Schopenhauer y Federico Nietzsche, y del tiempo subjetivo de Henry Bergson (37).

Existe un intento de mimesis, aunque la realidad será en última instancia inalcanzable, inasible, incomprendida.

Ante el impacto de la obra de Freud y el desarrollo del psicoanálisis, la neurosis y la esquizofrenia se entenderán como herramientas para acercarnos a la realidad. Esta realidad no será la del mundo de lo consciente y de lo racional, sino la de lo inconsciente. Carl Gustav Jung también desarrollará el psicoanálisis hacia otros lados: su psicología profunda comprende, entre otras cosas, el estudio de un subconsciente colectivo. Éste “no se adquiere a través de la experiencia [individual], sino que es innato y universal (11)”.

El primer capítulo del libro, “Visiones de la “sumersión””, consiste en un repaso de la crítica sobre la nueva novela en Hispanoamérica. Esta presentación comenzó con las palabras de Lukács. Sin embargo, empezamos con él con la doble intención de mencionar a un crítico de importancia que, ante el movimiento de la nueva novela, de la novela psicológica, del modernism y de la vanguardia histórica, no pudo hacer más que abogar por retroceder a la racionalidad del realismo decimonónico. En este capítulo, “Visiones de la sumersión””, se señala que fueron varios los estudiosos de la literatura hispanoamericana que reaccionaron de la misma manera. Detalla Náter que también se dificultó el estudio en estas primeras décadas por lo ecléctico de la literatura latinoamericana. La novela experimental coexistió con la novela realista y naturalista, con la novela indigenista y la novela de la tierra; el canon de entonces entendía que las “grandes novelas” eran de esta última categoría: de la novela de la tierra. La nueva novela quedó rebajada a un segundo plano y no se le dedicó la atención que merecía hasta ya entrado el siglo.

Antes de entrar de lleno en las novelas hispanoamericanas se le dedica espacio al texto que, para muchos, lo empezó todo: Memorias del subsuelo de Dostoievski. Éste marcó el paso del “realismo humanitarista e idealista” hacia el “descubrimiento de las más tristes ‘suciedades’ del corazón humano”. Dice el autor:

El subsuelo se convierte en el espacio de la alienación y de la inadaptabilidad frente a la sociedad[…] Mientras se supone que el alma se eleve en la contemplación de lo bello en lo sublime clásico, el protagonista se hunde más en su condición enfermiza y en el estado de nihilismo. El subsuelo se entiende, de este modo, como el hundimiento en la conciencia definida como una enfermedad deteriorante (59).

El siguiente capítulo trata sobre Sangre patria (1902) de Manuel Díaz Rodríguez, novela que para Ramón Luis Acevedo, profesor del Departamento de Estudios Hispánicos de la UPRRP y autor citado en el libro, es “fundadora de una tradición posterior en la novela hispanoamericana: ‘Díaz Rodríguez anticipa en algunos aspectos el intimismo, el surrealismo y el expresionismo de la novelística posterior y prácticamente funda la ‘novela lírica’…”  (73).

Las próximas novelas estudiadas serán La casa de cartón (1927) del peruano Martín Adán y El habitante y su esperanza (1926) de Pablo Neruda. A propósito de Martín Adán, una amiga una vez me contó que sólo 4 personas en Puerto Rico conocen la obra del escritor peruano. Éstas son: Yván Silén, Francisco José Ramos, Milaysa Ramírez y Miguel Ángel Náter. Esto es, obviamente, una exageración. Sin embargo, todavía no logro encontrar una quinta persona. La novela de Adán es un avance parcial hacia la nueva novela: en ella, el pozo será una herramienta para entrar a la psiquis profunda, pero no se desarrolla lo suficiente como para ofrecer una clara consciencia del autor en cuanto al símbolo de las aguas (111).

El habitante y su esperanza, de Neruda, es considerada uno de los primeros intentos de la novela experimental en Chile. Ésta es heredera del surrealismo “precisamente por la afinidad con el sueño entendido como una forma de ampliar la realidad de tradición positivista y objetiva, para dar paso a una realidad ambivalente e irracional” (74). Justamente lo que no hay en la novela es esperanza: el “habitante” se siente “impotente ante el enigma, ante la duda que produce la mezcla de lo onírico con la vigilia, de lo irreal con lo real” (76, 82).

La novela de Neruda si bien es cierto que puede ser el primer intento experimental de la narrativa chilena, no tuvo la resonancia que tendrían las novelas La última niebla (1934), La amortajada (1936) y The House of Mist (1947), todas de María Luisa Bombal y estudiadas en Incitaciones del infierno. La crítica literaria, a pesar de que ha notado que estas novelas irrumpen con un nuevo arte de narrar, ha querido limitarse a una lectura feminista de la novela. Este es el caso, por ejemplo, de La última niebla. Sin embargo, señala Náter que lo que aflige a la protagonista, más que producto de una pugna social, es un conflicto interno. Incluso, quien verdaderamente subvierte el discurso falocéntrico en la obra es el sujeto masculino, Daniel.  Cito:

Se trata de una oposición en la psiquis de Daniel, quien ante la sexualidad con su nueva mujer no logra olvidar a su difunta esposa. La disfunción procede del hombre, no de un anhelo insatisfecho de la mujer. […] Es cierto que al final de la novela la protagonista sucumbe a la angustia frente a la imposibilidad de probar la realidad de su encuentro erótico con el amante… En ese sentido, esta novela no es una celebración del feminismo, sino la toma de conciencia de la imposibilidad de ser frente a lo establecido por la tradición y la realidad, el sumergimiento en una consciencia atormentada cuyos problemas no tienen solución (85, 82).

El problema principal no es lo femenino ante lo masculino sino la alienación total del ser humano. Todos los personajes están aferrados a la angustia. Entre los elementos que representan el tormento psíquico y el descenso hacia lo inconsciente, también encontramos el estanque, la niebla y la casa.

“La novela de Bombal es una obra maestra de la narrativa psicológica (86)”, señala Náter. Ésta anticipa el existencialismo de Juan Carlos Onetti. La novela El pozo (1939), de Onetti, es para muchos la primera novela hispanoamericana en la que se fusionan el surrealismo y el existencialismo. Aquí Náter hace una aclaración importante: la crítica literaria ha querido estudiar el existencialismo de Onetti a partir de aquellos libros de la filosofía existencial que podrían haber influido en el escritor uruguayo, perdiendo de vista que el existencialismo no es una filosofía francesa, sino que es una visión particular de la vida y del ser humano, que en la filosofía se remonta a Sören Kierkegaard (y que incluso se podría remontar hasta la antigüedad) y que en la literatura tiene como inicio Memorias del subsuelo de Dostoievski (133). La filosofía existencial sirve de base para estudiar a Onetti pero no se debe limitar a una relación de influencia hacia el escritor y su trabajo.

Regresando a la novela de Onetti, a ésta la asocian especialmente con el existencialismo de Jean-Paul Sartre, en el cual  “el [sujeto] solitario y desarraigado no puede integrarse a la sociedad y, desde esa perspectiva, le quedan dos caminos: evadirse en los sueños o actuar en el mundo (111)”. En Onetti, sin embargo, se excluye la posibilidad de la vida auténtica que postula el francés como meta fundamental.

Aunque no descarta la lectura a partir de Sartre, Náter entiende que “hay más afinidad con la angustia existencial que causa la temporalidad como se desprende de otro de los grandes libros del existencialismo, El ser y el tiempo (1927) de Martin Heidiegger”. En Heidegger “[s]e trata de considerar el ser en el mundo a partir de la preocupación por la temporalidad. […] En ese proceso angustioso de comprender el ser “en mitad del camino de la vida”, Linacero, el protagonista de la novela de Onetti, se percata de su soledad, de su alienación, de sus fracasos, culpas y su indigencia. De ahí la angustia existencial que se destila en la escritura, en el recuerdo… (113-4)”.

Náter analiza la metáfora de la noche como un pozo o como un fluir líquido, según la psicología profunda de Jung. La entrada a la noche será, como la sumersión en los sueños, un viaje hacia las profundidades de la conciencia, equivalente en la novela de Onetti al enclaustramiento. Como indica el título, la existencia llegará a ser, metafóricamente, un pozo.

No es el propósito de esta presentación ver cómo el autor analiza cada texto en su libro. Tratábamos aquellos libros iniciadores de la tradición en Hispanoamérica y haremos una selección de los otros a base de que mejor representen el estudio que se hace en Incitaciones al infierno. Y me atrevería decir que uno de los capítulos más importantes de este libro es el que se titula “María Luisa Bombal, “autor””. El título se ampara en la concepción foucaltiana, en la que “el nombre del autor ya no señala la persona, sino el artificio, la forma de observar el mundo, el discurso particular que lo caracteriza (163)”. El autor pasa a convertirse en función: y así ve Náter el legado de Bombal en La mujer desnuda, de Armonía Sommers; El estanque, de Estela Canto; La sobreviviente y El alma y los perros de Clara Silva; analizando “la afinidad por la búsqueda de una literatura feminista, la pugna entre la realidad y la irrealidad, además de la literatura experimental (162)”.

El estanque (1956) retiene “casi todos los elementos del gótico literario”, como la casa antigua y aislada, rodeada de naturaleza. Como Bombal, ésta utiliza el elemento del agua como símbolo de la conciencia. “El estanque no es muy grande, pero es profundo. Mi madre le temía y, sin darse cuenta, nos infundió por él curiosidad y miedo.” Se establece una relación entre el interior de la casa y el estanque, los espacios principales de la novela. Ambos cuentan con un pasado ominoso, en el sentido freudiano, guardando temores y tormentos (177-9).

Gracia Ramos, ama de llaves de la casa, crea una leyenda alrededor de la casa y de su fenecido dueño, don Luis. La muerte de don Luis trastornó a Gracia, quien enloquece a la vez que va hilando la leyenda. La locura de la ama de llaves, para Náter, “es una forma de participar de la distorsión del mundo y de la verdad, pero, también, de la “realidad” anímica que relaciona al ser con la casa y con el estanque (179)”. A esa leyenda entra Jacinta, sumergiéndose también hacia la casa y el propio estanque. “Las casas, como las personas, – intuía Jacinta -, se entregan en los momentos más inesperados.”

El estanque de la casa se convertirá en misterio y en incertidumbre para Jacinta. Eventualmente, la incertidumbre se convierte en la certeza de la existencia de otro mundo, relacionado con el pasado, con el estanque y la casa. Se desarrollará una continuidad entre la casa, el estanque y su consciencia (181).

Abrió los ojos y miró el agua oscura, inmóvil, donde flotaban hojas. Miró un momento y, de pronto, el frío del miedo creció en ella como si surgiera de la profundidad insondable del estanque. Creyó, con horror, que el fondo de aquel pequeño estanque circular no existía. La profundidad parecía insondable y en el fondo (si alguna vez se lo alcanzaba), podía haber cualquier cosa: brillantes palacios, sombrías cavernas y hasta el reflejo de los días felices del que hablaba la leyenda.

La leyenda dará paso a una “realidad mágica… en la cual el estanque cobrará poderes sobre los moradores de la casa”, contagiándolos con la locura (182, 186).

El punto culminante de la narrativa de la sumersión se desarrolla en tres obras muy particulares: El túnel (1948), de Ernesto Sábato; Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, y Aura (1967), de Carlos Fuentes, todas analizadas en Incitaciones al infierno. “Las tres son un descenso a la conciencia profunda y, aunque de diferentes maneras, incitaciones al infierno del sujeto (127)”.

En el análisis que hace Náter de El túnel, bastará con concentrarse específicamente en los sueños y en la interiorización psicológica del personaje de Juan Pablo Castel, pintor que mató a María Iribarne. Los sueños del asesino culminarán por convertirse en pesadillas de la vigilia (128-9).

Los elementos de la “sumersión” en la novela incluyen la casa de la infancia que aparece en los sueños de Juan Pablo.

Tuve este sueño: visitaba de noche una vieja casa solitaria. Era una casa en cierto modo conocida e infinitamente ansiada por mí desde la infancia, de manera que al entrar en ella me guiaban algunos recuerdos. […]Y sin embargo, y a pesar de todo, sentía que en esa casa renacían en mí los antiguos amores de la adolescencia, con los mismos temblores y esa sensación de suave locura, de temor y de alegría. Cuando me desperté, comprendí que la casa del sueño era María.

Aquí, aparte de la lectura que se hace a partir de Jung, de la casa como metonimia de la psiquis, el autor utiliza la topofilia de Bachelard, donde la casa de la infancia se presenta como el símbolo del paraíso pedido, de la felicidad anhelada. Identificar a María como la casa de la infancia implica que, al buscar a María, Juan Pablo pretende recuperar el paraíso perdido. Sin embargo, irá reconociendo que ella no puede ser lo que anda buscando, y pasará a ser una decepción que lo atormentará (130).

El hombre aquel comenzó a transformarme en pájaro, en un pájaro de un tamaño humano. […] Mi única esperanza estaba ahora con los amigos; que inexplicablemente no habían llegado. Cuando por fin llegaron sucedió algo que me horrorizó: no notaron mi transformación. […] Entonces comprendí que nadie, nunca, sabría que yo había sido transformado en pájaro. Estaba perdido para siempre y el secreto iría conmigo a la tumba.

Como expresa el sueño, el pintor parece ser parte de un mundo separado; está incomunicado, alienado, paralelamente a su obra artística, también incomprendida por la crítica (131). Quien único es capaz de entenderlo es María, quien descifró un cuadro suyo. Hacia el final de la novela, la destrucción de este cuadro por parte de Juan Pablo implica, también, el asesinato de María. Náter nota lo significativo de que Juan Pablo, quien sueña con habitaciones o casas, símbolos de la conciencia atormentada, terminará en el infierno de la cárcel (133).

El hallazgo de lo inconsciente, como señala Mercia Eliade, crítico mencionado en el texto, es de una magnitud similar a los descubrimientos marítimos del Renacimiento, o los descubrimientos astronómicos luego de la invención del telescopio. Cada uno de estos “alumbra mundos de los que ni siquiera se sospechaba”, presentando realidades nunca imaginadas. A partir de aquí, Incitaciones del infierno se acerca a la narrativa hispanoamericana. Lo leído hoy apenas es un gesto de lo que ofrece este libro y da a conocer.

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