Río Piedras, mi amante eterno

por: Editor Conboca

Un cafecito con sabor a balcón de Río Piedras, es la entrada perfecta a la desolación un viernes de trabajo en la calle Saldaña. Con un suspiro penetran por mis fosas nasales el olor a cerveza vieja mezclada con lejía, música drogada, orines pornográficos, sexo sudado, arte de los desposeídos y sueños olvidados…memorias de la orgía nocturna que esta mañana reposa en bolsas de basura, preparando la calle para repetirlo todo, una vez más, cuando la noche caiga sobre viejas losas acariciadas por una mugre eterna.

Río Piedras, cuna de la locura rebelde y amorosa, fenómeno perenne de mi vida. El sabor del café preparado entre letras y coloquios, tiene un efecto narcótico que entrelaza mi niñez con la mujer sentada en el balcón. Recuerdo las excursiones de mi madre con sus tres crías al Paseo de Diego, la guagua de la AMA, los sandwichitos de mezcla que preparaba como el manjar perfecto a ingerir entre comercios de cachivaches, herramientas, utensilios para el hogar, joyería, telas y libros. El aroma revelador del café, desnuda la emoción que invadía mi corazón al salir de la escuela, con el anuncio de mi padre sobre la visita que daríamos al cine Paradise para dejar el cargamento de dulces, que más tarde, venderían a un público sediento de fantasías en un pueblo lleno de crudas realidades. La taza media llena y tengo la seguridad que llegar a Río Piedras, siempre ha sido una aventura cargada de artistas sobrenaturales, filósofos que residen permanentemente en sus calles, caminantes universitarios y mercaderes de cotidianidades ensordecedoras. Un Jardín Infantil donde el gran columpio está construido con sabiduría e historias que nunca deben morir.

Otro sorbo de café, otro suspiro, esta vez acompañado de un estirón de piernas y cuello. El calorcito que crece junto con el día pellizca mi piel. Dos o tres transeúntes en una calle que sigue desolada. Abrazo con la mirada los placeres sin tiempo de este pueblo gris disfrazado de murales brillantes y sonrisas con tristezas compartidas. La ingratitud urbana, heroína que no termina de matar al adicto, jamás debilitará la riqueza de este pueblo donde las hermosas aguas de la diversidad corren por mis sentidos. Toda una humanidad supura por sus alcantarillas, otorgándole vida después de la muerte. Es un don poder admirar la belleza de este río. Es divino acariciar la humildad y besar enamorada las lágrimas empedradas de sus habitantes.

Río Piedras…se termina el café, pero nunca esta loca pasión que vivo y revivo por ti.

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