Nueva poesía caribeña: El sabor del tsunami fiero y tierno

por: Yolanda Arroyo Pizarro

La primera vez que posé ojos sobre las palabras poetas de José H. Cáez Romero creí haber descubierto/ decodificado su “Secreto”.  Es decir, la raison pour laquelle sa poésie. La razón que le obliga a escribir una poesía maremótica, tsunamizada y que ahoga, todo ello a modo de homenaje o acto de agradecimiento que el autor ejecuta en honor a aquellas otras palabras, de otras grandes poetas que le han conmovido: Julia de Burgos y Anjelamaría Dávila.  Y es que Cáez Romero es hijo de los versos de estas mujeres, y a la vez, se ha auto-parido animal salado/marino.  La poesía de estas grandes lo ha pujado; los versos de estas Ellas lo han traído a la Tierra placenta-acuosa /animalidad-devoradora.  El autor es en estas páginas una animalia oceánica colmada de ternura y ferocidad.

Se hace patente al escucharlo en recitales, al deglutir su cadencia de caderas rítmicas mientras declama, que su voracidad planea por los aires en un juego entre La Querencia y varios de los poemas de la Burgos.

La estructura del poemario Maretazo en general, así como en algunos títulos específicos, son instancias lúdicas que se acercan a la sincronía apalabrada de Anjelamaría, por quien es obvio siente una pasión poderosísima y el Rio Grande de Loiza tragado a borbotones.  Uno puede palparlo en el poema Si fueras [mare(a]rte)  desde el cual el poeta realiza una acertada impostura de la Julia que metaforiza el Gran Amor con el Gran Agua, al proclamar:

                  arenarte

                  cantarte

                  pescarte

                  si fueras marea

                  para  a(mar)te.

Y se ahoga el lector placenteramente con el banquete de sus mareas cuando Cáez Romero establece pistas de querencia en el caso del poema Inyéctame(2) del cual existen cuatro versiones, pero en el libro se incluye únicamente la segunda, retrotrayéndonos a lo que hacía Anjelamaría. Ella acostumbraba escribir muchas versiones de un mismo poema y luego, cuando los colocaba en sus libros les ponía el número de la versión.  Después pasaban los años y publicaba en revistas otra versión diferente, indistintamente de la secuencia. Por eso hay un enigma con algunos de sus textos en cuanto a fecha y edición, como el de “Puedo decir teamo”. Ese texto de Dávila posee cerca de ocho versiones y se ha publicado en distintas antologías y revistas. Vemos en este autor un trabajo de investigación voraz y minucioso, al irse detrás de sus referentes y honrarlos.

Este modo de emulación es tierno y a la vez, fiero. Estamos frente a un talentoso domador de marejadas, un domesticador de tsunamis, un poeta que domina las ternuras y ferocidades de la palabra.

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