Ensalada de plumas, o a propósito de Pájaros en la boca

por: Kenneth Cumba Garcia

“Digo siempre adiós, y me quedo”

- Altazor (Vicente Huidobro)

“Primero él al cine, después yo al fondo del mar”

-“Hombre Sirena”

Sin hablar del viejo mito postmoderno de la “muerte del autor” ni del típico personaje unamuniano que a mitad de relato su propia “ficcionabilidad” ya es demasiado evidente como para ser coincidencia, los personajes de Samanta Schweblin encierran algo más enigmático, o más “cortazarianamente extraño”, como ya han señalado otros.

Con la presente edición de la Editorial Germinal, bajo la Colección “Pezón”, Pájaros en la boca de Samanta Schweblin llega finalmente a Costa Rica, sumándose esta a otras nueve ediciones previas en cinco idiomas distintos, desde su premiación en Cuba hace cuatro años. Schweblin (Argentina, 1978) será una de las invitadas internacionales al Festival de la Palabra, que estará celebrándose este año del 4 al 7 de octubre en el Museo de Arte de Puerto Rico.

Recibí el libro del amigo, librero y también autor de Germinal, Luis Negrón (Mundo cruel, 2012). Incluso antes de pedirle que me lo hiciera llegar supe que no quería prestármelo. Reconozco que accedió solo porque no podía no acceder, especialmente luego de haberme dicho que el libro estaba genial, y que la autora además de ser su amiga, y de ser una mujer sumamente hermosa, era también una de los invitados a venir a la isla en octubre para el Festival de la Palabra. Sencillamente, mi cara de entusiasmo no admitía ningún argumento. Sé que teme no volver a verlo y, para ser franco, luego de terminar el libro y volver a comenzarlo inmediatamente después, empiezo a temer lo mismo por mi parte. Lo leí de un tirón, “a vuelo de pájaro”, frase que encaja perfectamente con el título de uno de los cuentos, “Pájaros en la boca”, nombre que también sirve para titular el texto, ganador del Premio Casa de las Américas en el año 2008.

A primera instancia, Pájaros en la boca nos dibuja un cuadro “como pintado pero real” (p.42). El libro nos expone temas relativamente frecuentes en situaciones cotidianas, tales como la espera, el aborto, la vejez, el regreso, un encuentro inesperado, un cambio de custodia, la rutina, el encierro, etc. Es, sin embargo, un logrado elemento de misterio, de “extrañeza” o fantasía, lo que hace de estas historias una experiencia excepcional de lectura entretenida. Empleadas bajo la lupa de lo extraño, el pensado realismo de estos cuentos se transfigura hasta quedar seriamente comprometido con lo fantástico. De esta forma, el aborto mencionado se convierte en uno esotérico (logrado sin que se “lastime” en manera alguna al feto), el inesperado encuentro se da a las orillas del mar con un hombre sirena (nada menos), y el cambio de custodia se da a raíz de un nuevo “gusto” adquirido por la hija… No obstante, prevalece la lógica detrás de estas historias, logrando mantenerse dentro de los límites de lo “real extraño”.

Sin necesidad de contrariar la perplejidad de quienes han catalogado de “extrañas” o “fantásticas” las historias que componen este libro de cuentos, me limitaré a decir que sus fábulas, tomadas en su totalidad, representan solamente el halo de un retrato individual mucho más luminoso, por su férrea voluntad de permanecer inmóvil ante las proximidades del paso. Y es que, sin restarle méritos a la construcción de la serie de eventualidades que permiten que acontezca cada una de las historias, es en algunos de los personajes y en sus posiciones ontológicas sorprendentemente tercas, a mi entender, donde yace la peculiar fascinación que inmediatamente despertó en mí este texto. Adentro, encontramos sujetos sometidos inesperadamente (otros suscitada) a un proceso de transfiguración o de cambio inminente. Es la manera que tiene cada uno de lidiar con el cambio lo que nos intriga. Encontramos, por ejemplo, en el cuento “Conservas”, a una joven pareja cuyo embarazo se da como “adelanto” a los planes de ambos. El joven padre se distancia y se ausenta, la joven madre deja de dormir, adquiere insomnio, no puede pensar en otra cosa que no sea en no poder resignarse a que “un asunto tan trivial como un pequeño cambio en la organización de los hechos” no pueda ser solucionado “por pura angustia” (p.22). Simplemente es muy temprano. Después de dialogar con obstetras, curanderos y chamanes, la pareja logra dar con un tratamiento casi “esotérico”, que consiste en revertir el proceso del embarazo, paso por paso, mediante dietas, ejercicios de respiración y medicamentos. Finalmente, en uno de sus ejercicios de respiración, la joven madre alcanza el “clímax” de la regresión, el punto de la encrucijada que precede al cambio, lo derrota, o simplemente lo pospone para cuando sea preciso.

 Hay también instancias donde este deseo de posponer lo inevitable se refleja en el infantilismo de algunos personajes. Es común de las personas el infantilizarse o el “regresar a la niñez” en situaciones que despierten el miedo, la esperanza o el vértigo. Enrique Duval, en el cuento “La medida de las cosas”, no quiere dejar de ser niño. Compra juguetes clandestinamente. Cansado de vivir bajo la presión constante de su madre autoritaria, se pelea con ella, su madre se enoja y se proclama dueña de todo el dinero. Angustiado, sin tener a donde ir en vistas al cambio, decide huir de casa y alojarse en la juguetería local, donde lo acogen como empleado sin paga. Infantilizándose cada día más (lo sabemos por los juguetes que escoge, y por los que va guardando), responde con una frase muy bartlebyana a cualquier pregunta que interrogue su situación: “mejor si me quedo acá” (p.66). Es, en efecto, en las estanterías de la niñez donde siempre hallamos el refugio más inmediato.

Similarmente, encontramos sujetos que tienen como principio ético la inmovilidad extrema. Es decir, sujetos que prefieren esperar (¿esperar a qué, al tiempo, o a su paso?) sentados obstinadamente porque, como el pintor en “Cabezas contra el asfalto”, no están “dispuestos a cambiar nada” (p.89) o, como Walter del cuento “Mi hermano Walter”, simplemente no opinan sobre los cambios (p.75). Sujetos que se rebelan unamunianamente, no contra el autor-dios que los rige y determina pretendiendo complacerlos, sino contra la fugacidad del cuento mismo. En el medio del ahora, la narración no puede contar con estos sujetos, porque estos sujetos no quieren ser “contados” (o “sujetados” por el paso de una mirada narrativa), porque saben que el conteo presupone una enumeración ya dada y ésta, a su vez, una sucesión progresiva al olvido. “No es la alegría de partir, sino la de quedarse” (p.25). Sujetos que, en el fondo, como el viajero del cuento “Bajo tierra”, saben que toda la historia no es más que eso, “una historia paga ya terminada” (p.81) y es esto, precisamente, lo “tan terrible” que les pasa, la raíz progresiva de su angustia. Prefieren no moverse hasta arruinar el cuento con tal de no colaborar a que progrese, ya que, dado que un cuento no es otra cosa que una serie de eventos que anteceden y preceden un acontecimiento, la existencia del cuento presupone la cercanía del cambio. En cierto sentido, es como si dijeran “si alguien mira es que algo está por ocurrir”, y decidieran, a última hora, permanecer inmóviles como protesta. Puede que quizás opten por la inmovilidad porque, como dice la madre del pintor en el cuento, son “muy sensibles y todavía no están preparados para el fracaso” (p.90). El mundo lo que tiene es una gran crisis de amor. “Al fin y al cabo, no son buenos tiempos para la gente muy sensible.” Es mejor volverse niños a volverse cínicos.

El regreso es otra de las formas de la huida. El tiempo, y con él el cambio, siempre termina por alcanzarnos. La llegada podría acontecer en los umbrales de la vejez, en las formas de un cuerpo que paulatinamente pierde su velocidad y su fuego, como también en el simple desvío de la carretera. Podríamos arrepentirnos, lamentar el percance del cuento encontrado, y continuar nuestro camino, amueblados en la constancia de la “normalidad”, pretendiendo que las cosas sean como previas al hallazgo de la mirada. Podemos engañarnos con la ilusión del movimiento perpetuo.

Es, generalmente, la incapacidad de resignarse al cambio (o al “cuento”) lo que caracteriza la naturaleza de estos personajes. Personajes que son pájaros inmóviles, como la sed en la boca. Personajes que comen pájaros con tal de ver sus jaulas vacías. Personajes que se niegan al principio de movimiento que presupone una historia por miedo a recordar el hambre del que ya no duerme. Pájaros en la boca se trata, a fin de cuentas, de la angustia que padecemos todos. El elemento de lo “extraño” o lo fantástico, funciona para ridiculizar, o exaltar, nuestras posiciones ante el vértigo. Todo en la vida es esperar. Nos individualizan las formas de la espera. Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin es una exposición de esperas –un museo de angustias similares. Cada cuento es una jaula, donde habita un pájaro que solo encuentra vuelo en los contornos de la boca.

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