Diario I

por: Donald Escudero

Mientras los intelectuales tertulian sobre la maternidad frustrada de Mary Shelley, el fracaso del comunismo de Marx y otros asuntos más complejos para esta mente atontada, La Vedette hace su llegada moldeando un colorido vestido echo a su medida. Culipandea su voluptuosa figura provocando que los buitres, apiñados en reducidos espacios, gesticulando grotescamente su quijada, deseando morder aquel reguero de curvas.  Mastican los deseos incontenibles de poseer el cuerpo descomunal de este ser sacado de una película de ciencia ficción.  Todo esto ocurre mientras la cajera, con tono sumiso y sonrisa vehemente, le dice a la mujer en cuestión “Tenga, su café”.  Taconea y taconea, dejando cráteres a su paso: súmesele los ensordecedores truenos desencadenados por los orgullosos picos de sus tacos.  Provocan la atención, hasta del más maricón.  Es inevitable y casi necesario observar este espectáculo.  Entonces, llega él: ramo lustroso de atributos masculinos; despampanante figura patriarcal; macho irrefutable ante cualquiera que se le pare al frente.  La masa heterogénea y homogénea al mismo tiempo centra sus intereses en aquella escena.  La pomposa dama gira su costosa figura, apunta, para la trompa y de repente, se desata el mayor de los escándalos: catástrofe. ¡Cataclismos!  Aquello no fue un beso, ni si quiera me pasó por la mente que era un gesto de cariño: ¡Aquello fue un grito! ¡Un reclamo a la propiedad privada! Una amenaza a quien osara cruzar la colindancia de sus terrenos.  Nadie decía palabra alguna, pero los ojos chillaban. Ya para este entonces, mi mente había sido asesinada ante aquella barbarie.
La experiencia mística culmina cuando mi amada amiga, preocupada ante la paleta de colores que mostraba mi rostro, me pregunta “¿Estás bien?”

 

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